Medio Tiempo

He pasado 16 días recorriendo el pasillo azul en el sótano del hospital donde se encuentra el equipo de radiación. 16 momentos distintos cada día en donde me reciben las enfermeras, los doctores, el vigilante.

Me toman los signos vitales diario, para mantener un seguimiento de cómo reacciona mi cuerpo. Me recuestan sobre una plancha fría de metal y plástico dentro del cuarto sellado para evitar fugas de la radiación. Me cubren con mantas y cobijas para que no me dé tanto frío. Me mueven de todas las formas posibles para cuadrar los tatuajes que tuvieron que hacer para marcar el punto exacto donde deben entrar los rayos. “Vamos a comenzar, no se mueva por favor”, son las últimas palabras que pronuncian los doctores cada día antes de iniciar las sesiones de radioterapia.

Esos 30 minutos en donde permanezco solo, recibiendo rayos en mi cuerpo, parecen eternos. Mi mente vuela, me traiciona, mis sentimientos se potencializan, a veces lágrimas, a veces sonrisas, a veces lamentos.

En más de una ocasión he pensado en voltearme y correr mientras recorro ese pasillo azul, en escapar y no volver. Muchas veces basta con repetir ciertas actividades en nuestra vida por solo 2 o 3 veces para que se vuelvan rutina. No esta vez. No cuando sabes que cada vez que terminas ese pasillo y entras al cuarto de radiación, un poquito de ti se desgasta, muere poco a poco. Y no hablo solo del cáncer, ojalá fuera solo ese maldito tumor que hubiéramos querido nunca llegara a nuestras vidas. No, hablo del resto de las células, hablo de las capas que recubren parte de nuestro cuerpo y que nos protegen, hablo de la piel, hablo de todos los efectos secundarios que los tratamientos nos provocan. Cuando recuerdas lo que estás viviendo es imposible que ese pasillo azul se vuelva rutina, es más, pedimos a Dios que nunca lo sea.

Don José, el vigilante a cargo de la sala de radiación me saluda con una sonrisa incomparable. “buenas tardes, cómo está” pregunta todos los días, manteniendo una actitud positiva hacía la vida, hacía la gente que ve desgastada, débil, sufriendo; sin embargo, él sonríe. Don José nos ayuda a mantener el espíritu y la esperanza viva. Siempre se levanta de su silla, toma su bastón y se acerca a cada paciente para extender un saludo cariñoso, un apretón de manos que te recuerda que SÍ SE PUEDE. A pesar de todos los años que él lleva cuidando ese pasillo, todos los pacientes que debe haber visto, y los que ya no volvió a ver jamás porque ya no están con nosotros, a pesar de esas experiencias que aunque no sean propias, él las hace parte de su vida, Don José sigue sonriendo y saludando, tratando de aportar un granito de arena con ánimos a cada uno de nosotros que caminamos ese maldito pasillo azul.

Esta tercera semana fue difícil. La quimioterapia me atacó mucho más que las semanas anteriores. Siguen siendo efectos “normales” de acuerdo con los doctores. Mi cuerpo y mi mente estuvieron a punto de caerse; quise renunciar, quise darme por vencido cuando todos los olores, todos los sabores, todas las imágenes me provocan querer devolver el estómago cada 10 minutos. Después recordaba la rutina de los 30 minutos y me levantaba.

Me volvía a aferrar a la vida, a mi pasión por el trabajo, a mi amor por mi esposa y mi familia, a todos los placeres y momentos de felicidad que la vida nos regala y me levantaba. “NO VOY A IR A NINGÚN LADO” le digo a mi esposa; aquí estaré por muchos años más dando lata y disfrutando de esos pequeños momentos que el cáncer me enseñó a disfrutar otra vez.

“Te puedes caer, llorar, quejar, maldecir conmigo amor, pero no dejes el tratamiento” son las palabras constantes que mi esposa repite cada vez que ve en mí una expresión si quiera cercana al cansancio. Mi mamá sabe que soy fuerte, se enorgullece por mi entereza para resistir los tratamientos, pero a la vez su expresión denota preocupación, dolor, desesperación. Cada uno está librando una batalla constante contra sus sentimientos y pensamientos; cada uno trata de mantenerse fuerte a su manera y en su papel. Cada parte de la fuerza que los seres queridos demuestra mientras siguen caminando con nosotros este desgastante camino, es una recarga para nosotros que nos permite seguir adelante.

En el trabajo las cosas siguen su curso, la gente que sabe lo que está pasando hace su mejor esfuerzo en tratarme como si el cáncer no existiera (aunque no pueden quitarse de la mente el hecho de que ahí está y tenemos que esperar). En B-63 siguen los ánimos y las porras de quienes saben, de los que no, el trato de siempre y la amistad que esa comunidad me ha permitido crear.

Esta semana fue la que hasta el momento más he anhelado que llegara el fin de semana, que son mis días de descanso de la quimioterapia tomada y radioterapia. Necesitaba una pausa para retomar fuerzas y seguir adelante. Me doy cuenta que no tenemos que ser fuertes todo el tiempo, no tenemos que tener la frente en alto todos los días, pero sí debemos seguir adelante convencidos que somos más fuertes que el cáncer, convencidos que al final del viaje, solo quedará UNO y esos seremos NOSOTROS.

Aférrate a la vida, encuentra ese motor, ese motivo que te haga sentirte vivo y feliz. Esa fuerza es la que nos llevará a la meta.

Mario

Febrero 20, 2017