“Lamentablemente es un tumor, enfrentamos un cáncer en su etapa 2… 4.5 mm de tamaño”. Éstas fueron las palabras que el oncólogo (desafortunadamente, el doctor de cabecera de la familia) pronunció a inicios de este 2017, después de la serie de estudios, análisis de sangre y las revisiones más invasivas, molestas y atacantes de la dignidad que una persona podría vivir durante dos semanas y media. La sensación fue de terror, dolor, impotencia, frustración, ENOJO, CORAJE, tal vez hasta ODIO.
Después de dar ese trago amargo a la realidad de una de las enfermedades más desgastantes de los tiempos recientes, tomé varios días para procesar la noticia y entender qué estaba pasando, qué significaba para mi familia, mi esposa, mis amigos, y sobre todo para MÍ. Qué debo hacer, qué puedo hacer, cómo lo debo manejar, eran las preguntas que venían a mi mente todos los días. La respuesta en muchas ocasiones era NO TENGO LA MÁS MÍNIMA IDEA.
He encontrado una diversidad de información que existe en el mundo sobre el Cáncer: artículos de revistas, publicaciones médicas, consejos de familia, lo que el primo de un amigo dice. Pero, en mi búsqueda de respuestas no he encontrado una perspectiva humana, personal, real, sobre lo que las personas que caminamos este difícil trayecto a la recuperación vivimos en el día a día, ni sobre lo que sienten y viven nuestros familiares y las personas que nos acompañan tomados de la mano, aunque sus pies no tocan el mismo camino.
Se llama Cáncer
El primer acercamiento al tema es el temor o la resistencia a llamar al diagnóstico por su nombre. Tengo cáncer, no es un tumor, no es “una enfermedad” o un “padecimiento”, no se trata de una “prueba” o de un “síntoma”, se llama cáncer y así como no tenemos miedo de decir “tengo gripa”, “tengo fiebre”, “me duele la cabeza”, creo que el primer paso para vivir la realidad del cáncer en sí y todo el proceso de tratamiento que viene después del diagnóstico es llamarle por su nombre: “tengo cáncer.” Para mí, perder el miedo de reconocer nuestra enfermedad por su nombre es el primer paso para tomar control sobre ella.
Tiempo
Una vez que recibes el diagnóstico, viene la etapa más difícil (desde mi punto de vista); procesar la noticia y aceptar su realidad. Cada quien tendrá su forma única para lidiar con el problema y cada una es válida; lo que puedo decir es, no te quedes con la noticia, no te tragues tus sentimientos y te hagas el fuerte, en este momento es nuestro derecho tener sentimientos encontrados, sentirnos lastimados, enojarnos, llorar como nunca lo hemos hecho. Es nuestro momento para ser el niño que hace berrinche y se queja – y créanme que lo he hecho. Pero como todo, tocar fondo está limitado a un espacio específico de minutos y horas. Mi mamá (quien ha vencido ya dos veces al cáncer, etapas 3 y 1) me enseñó una fórmula que al día de hoy me sigue ayudando: “deprímete, llora, enójate, sufre, durante media hora déjate tocar fondo, pero después de esos 30 minutos de dolor extremo levántate que hay mucho que hacer y la vida sigue. Hazlo con tu reloj para que no te regales más de esos 30 minutos.” Es cierto, el mundo sigue su curso sin importar lo que nos pase a cada individuo. Después de los 30 minutos, levántense que la vida sigue y la NUESTRA también.
El cáncer trae lo peor… pero también lo mejor
Después del golpe devastador que es el diagnóstico, llega la otra realidad. El cáncer no solo afecta a quien lo padece, lastima y desgasta a todas las personas que nos quieren. El primer día no lloré; pregunté y cuestioné al doctor sobre qué seguía. Mi mamá no pudo contenerse, ella lloró por mí. Cuando lo platiqué con mi tío Marco, el único doctor de la familia, no pudo mantenerse fuerte. Mis tías lloraron, mis primos lloraron. Mi esposa cuestionó, se aferró a lo bueno, me dio ánimos, me dijo que todo estaría bien. Mis amigos me dieron muestras de cariño y apoyo. Cada persona tiene fantasmas propios que superar, que afloran en el momento en que alguien cercano, alguien a quien aman, le diagnostican cáncer.
Pero cuando la calma llega, y SIEMPRE llega, la única constante que queda es el AMOR. Mi esposa aceptó con amor los cambios de planes; mi mamá por amor ha comprado todos los polvos y pastillas que médicos alternativos le recomendaron para ayudar al cuerpo a resistir el tratamiento; mi prima sacrificó atenciones a pacientes para acompañarme en las sesiones de radioterapia; mi primo inventó cursos para poderse escapar de la oficina y acompañarme en las quimioterapias. Al final, el cáncer trajo lo mejor de mi familia y mis amigos; lo que el cáncer me va a dejar (además de las cicatrices) es amor, perdón, haber hecho paces, es el reencuentro. Al final, el cáncer nos ha unido.
Consejos valiosos
Después de las citas, visitas al hospital y presupuestos, llega el momento de revelar el tratamiento. Mi tumor es suficientemente grande y avanzado como para requerir quimioterapia y radioterapia. La radioterapia es diaria, durante 28 sesiones. La quimioterapia es doble, una dosis tomada diaria y una dosis inyectada cada semana. Una avalancha de información. Dentro de esta información un consejo resonaba entre todos los doctores que me atienden: “déjese consentir”. No es fácil aceptar el consejo cuando (como es mi caso) estás acostumbrado a ser el que consiente, el responsable, el que provee. Pero a una semana de haber iniciado el tratamiento y a un mes de haber recibido el balde de agua fría del diagnóstico, es de los mejores consejos que he seguido. Mi esposa, mi mamá, la familia y los amigos están aquí para apoyar. Buscarán hacernos sentir bien y darnos fuerza en cada día, en cada sesión de tratamiento. Aprovéchenlo; no tiene nada de malo dejarse consentir de vez en cuando, mucho menos cuando los tratamientos lo justifiquen.
Es MÍ enfermedad
Soy yo el que padece el cáncer, soy yo el que tendrá el tratamiento, soy yo el que tendrá nauseas durante 6 semanas de forma constante, soy yo el que perderá peso, soy yo el que perderá el cabello. Somos nosotros los que enfrentamos al cáncer día a día los que sabremos lo que los tratamientos implicarán, lo que duelen, lo que molestan; somos los que perderemos el apetito, los que nos impresionaremos con las diversas intervenciones para “prepararnos” para el tratamiento. Somos nosotros los que viviremos el cáncer y su tratamiento, los que viviremos la reacción individual de nuestro cuerpo. El cáncer afecta a todos los seres queridos que nos rodean, pero al final, quien lo va a experimentar es cada uno de nosotros en lo individual. Entonces no permitan que nadie les quite este proceso, porque para mí ha hecho más duro el viaje tener que cargar con dos maletas en el camino, la mía y la de esa persona que siente que está sufriendo más que yo por mi enfermedad.
Fuerza
Antes de enfrentar el tratamiento nunca había comido sin hambre, no había sentido náuseas por semanas completas, nunca había perdido el apetito. De mis lecturas en estos días he descubierto que los síntomas más comunes de la quimioterapia y radioterapia son precisamente la pérdida de apetito, las náuseas y la falta de ganas para alimentarnos. Sin embargo, esa es nuestra principal batalla para poder enfrentar los tratamientos; nuestro estómago y nuestra mente serán las principales fuentes de fuerza para sobrellevar los tratamientos. Come con hambre, come sin hambre, come con náuseas, solo COME. Nunca antes había entendido el maravilloso significado de las palabras de mi abuelita, en paz descanse, al tiernamente acercarse a mí y decir “tienes que comer hijo”. Para ella todo se solucionaba con una buena comida, y como no si somos Oaxaqueños y tenemos la fortuna de contar con una de las cocinas más ricas y diversas del mundo.
A una semana de haber iniciado el tratamiento, sigo teniendo sentimientos encontrados. A veces lloro, pero después sonrío porque me acuerdo que el cáncer también tiene una fecha de caducidad y que más pronto de lo que nos podemos imaginar, SE IRÁ. Me aferro a la cura, a los tratamientos, a mi amor por la vida, a lo mucho que disfruto estar en este mundo, al amor a mi esposa, a mi madre, a mi familia, al amor a Dios. Muchas veces olvidamos en la rutina del día a día que los pequeños detalles que la vida nos permite y que casi siempre tenemos frente a nosotros, son los que hacen la felicidad. Damos por sentado aquellos pequeños detalles que nos llenan y nos hacen ser mejores personas. El arte de maravillarnos por cosas pequeñas, sencillas, como hacen los niños. Ir descubriendo lo hermoso que es vivir es algo que he podido retomar desde que el cáncer llegó a mi vida. En ese sentido, puedo decir que el cáncer cambió mi vida, y no solo para mal sino también para bien, y lo mejor es que cuando se vaya, porque créanme el cáncer se IRÁ, mis ojos seguirán abiertos al mundo.
Espero estas líneas sirvan para dar alguna perspectiva a lo que las personas con cáncer vivimos. Si ustedes quieren compartir sus propias historias, anécdotas, fotografías, dibujos, consejos acerca de su experiencia personal, les invito a hacerlo en el espacio para comentarios, o mandándolo por correo a mvalcon2016@gmail.com, indicando si el mensaje es para este nuevo autor o si quieren que lo comparta en esta página.
Mario
Febrero 2017
Ciudad de México
