El Descanso

Las últimas dos semanas de tratamiento fueron una avalancha de sentimientos, tanto físicos como emocionales.

El dolor era constante, las náuseas más graves que nunca, presión en el estómago todo el tiempo, cansancio al grado de poder quedarme dormido frente a la computadora mientras escribía, o simplemente de pie platicando con alguien, levantarme al baño hasta 7 u 8 veces durante la madrugada.

En el penúltimo lunes de quimioterapia inyectada mis plaquetas volvieron a salir sumamente bajas, “siga sin ejercicio por lo que queda del tratamiento” me dijo el doctor. Dos semanas completas en que tendría que seguir sin entrenar lo que me gusta, sin esa motivación adicional que muchas ocasiones se volvía el punto clave de mi día.

De pronto, mientras resistía el dolor y las ganas de vomitar, mientras buscaba y le ordenaba a mi cuerpo, más por orgullo que por convicción, que no devolviera lo poco que había logrado desayunar, comer o cenar, llegó el fin de semana. Dos días más de descanso en los que podría intentar recuperarme y sí, mentalizarme a que estaba por entrar a la última semana de tratamiento.

Ese fin de semana previo a la última semana de tratamiento las palabras de aliento de mi esposa y mi mamá fueron interminables, muchas más que las semanas previas; las visitas, las llamadas, los mensajes, las buenas vibras y las oraciones se volcaron desde todos los rincones de mi familia y amigos, “tú puedes”. “es la última”, “ya llegaste hasta aquí”, “estás a punto de terminar”, “no puedes dejarte caer ahorita”. Dentro de todas esas frases de apoyo una resonaba siempre en mi mente, durante todo este proceso mi esposa que sufría muchas veces en silencio para mantenerse fuerte, me dijo y me repitió siempre, “el único camino es a través”. Sé que es una mala traducción ya que mi esposa es norteamericana y hablamos en inglés, pero el efecto y el sentido es el mismo: “the only way out is through”.

Y sí, el único camino para curarnos y para salir adelante es a través de los tratamientos, es sobreviviendo la quimioterapia y la radioterapia, es mantenernos fuertes y no dejar de luchar.

Una tía vino desde Oaxaca solo para estar presente en mi última sesión de quimioterapia. Al verme después de 5 semanas de tratamiento, su rostro no pudo ocultar el dolor que sentía al ver a su sobrino tan flaco, ojeroso, cansado, desgastado, pasando por algo que como muchos otros, cuestiona y grita, “no debería de estar pasando”. Trató de darme ánimos todo el domingo, buscando probablemente mentalizarse más ella que yo para resistir ese último lunes de quimioterapia.

Increíblemente llegó el momento, a la 1 de la tarde hice mi aparición en el hospital para recibir lo que, con mucha fe en Dios, espero sea la última sesión de quimioterapia recibiré en mi vida. En el camino al hospital no podía creer que este día hubiera llegado, que por fin estaba caminando ese recorrido, a esa hora, por última vez en esta primera etapa para superar al cáncer.

Mi primo ya estaba ahí cuando yo entré a la Sala 19 de “Oncología”, esa área que otras veces pisé acompañando a mi mamá en sus tratamientos, en sus visitas de seguimiento con el oncólogo (nuestro doctor de cabecera como recuerdan) y en la que pedí con todas mis fuerzas nunca tener que estar como paciente. Cuando llegué mi primo ya había hecho todos los trámites para mi ingreso a ese último lunes de quimioterapia. Me colocaron el brazalete blanco con mi nombre y número de paciente; amablemente la recepcionista me indicó que tomara asiento, que me hablarían en breve para ingresar.

Tomé la silla al lado de mi primo. Me preguntó cómo estaba, “bien, aguantando todavía” le contesté en tono de broma, o tal vez no tanto. Nos quedamos en silencio los dos, no sé realmente que pasaba por su mente, pero seguramente era algo muy parecido a lo que pasaba por la mía. Será que resisto esta última sesión, cómo reaccionará mi cuerpo después de tanto tóxico y cansancio acumulado, será… minutos después un comentario rompió ese silencio, que más que incómodo era de apoyo y de cariño. Mi primo no necesitaba decir nada para que yo supiera que estaba ahí “por y para mí”. “Ya llegaron mi tía y Rose”, dijo, “demasiado temprano” se quejó, ya que sabíamos no dejarían entrar a los tres a estar conmigo en la sesión y, obviamente, ninguno de ellos quería quedarse afuera en esas últimas tres horas de tratamiento.

Al llegar, mi esposa me dio un cálido beso y me dijo “aquí estoy para lo que necesites amor, todo va a estar bien”. Mi tía, con su eterno cariño hacia mí solo me dijo, “ya estoy aquí mijito”. Nos sentamos los 4 juntos, viéndonos los unos a los otros y el silencio volvió a invadir el cuarto. Estábamos todos concentrados en nuestros propios pensamientos cuando la enfermera anunció mi nombre y me invitó a pasar a la sala. Yo brinqué de mi silla, suspiré profundo para tomar las pocas fuerzas que para esa sexta semana me quedaban. Las caras de los tres se quedaron frías, tratando de disimular el miedo y nervio que en ese preciso momento invadió sus corazones, deseando con todas sus fuerzas y amor que todo saliera bien, pero siempre con el eterno miedo y desconfianza de no saber qué pasaría.

Después de pesarme, tomarme mis signos vitales y preparar todo el equipo, comenzó mi tratamiento ese último lunes. Un lunes que para mí marcó el fin de un tratamiento que deseo la gente que amo no tenga que pasar nunca. Pero que a la vez era el inicio de algo nuevo, algo distinto. No puedo hablar de un renacimiento porque eso sería poético y absurdo; nadie puede volver a nacer. Pero sí fue un lunes en el que muchas cosas del viejo yo cambiaron, murieron en esa sala de quimioterapia para dar paso a una nueva versión de mi ser que espero y confío será mejor en muchos aspectos.

15 minutos después de mi ingreso dejaron pasar a mi tía y mi primo. Cómo llegaron al arreglo que mi esposa cedería su lugar al principio para que mi primo pudiera estar conmigo no sé, supongo que mi enfermedad también alcanzó el corazón de toda mi familia para platicar las cosas y organizarse sin pelear ni . (Yo insistí en esperarme fuera porque paso mucho más tiempo con Mario que los otros dos. Luego, insistió su primo que yo pasara y él esperó afuera. –Rose) Mi tía nuevamente no podía contener su rostro de preocupación y frustración al verme conectado a los cables y bombas que inyectan poco a poco los químicos en mi cuerpo.

Ese día transcurrió sin mayor imprevisto, fuera de los efectos secundarios de todos los demás lunes y el cansancio que es aún más fuerte ya que esos días se combinaba la quimioterapia inyectada, la radiación y la quimioterapia tomada. Lo realmente sorprendente vino cuando transcurrió la semana y mi cuerpo reaccionó como ninguno de los doctores, ni mi familia siquiera, pensó. Hubo muchas náuseas, pero incluso menos que en la quinta semana; dolor de estómago, pero de menor intensidad que las semanas anteriores; mareos y dolores de cabeza, pero no fuera de lo común. Mi cuerpo estaba probablemente tan emocionado como yo de estar pasando por la semana final del tratamiento.

A pesar de esa buena reacción, hubo un punto de conflicto en la semana que estuvo muy cerca de derrumbarme, de terminar con las pocas fuerzas que me quedaban para ir diario a las últimas sesiones de radiación. El miércoles, al terminar mi sesión de radioterapia, los doctores me indicaron que había habido un error, “computamos mal las sesiones” dijeron. Sentí claramente como mis fuerzas me abandonaban, como mis ánimos y ganas de seguir luchando se perdieron en ese momento, sentí rabia, enojo, odio, ganas de gritar, insultar y hasta golpear a los doctores. Es muy fácil para ellos simplemente decir que se equivocaron y que tengo que ir a más sesiones de las que en mi mente confiaba serían. “Estamos en la sesión 24 no en la 25” dijeron. Sé para que muchos de los lectores, principalmente para aquellos que afortunadamente no están pasando por un procedimiento similar, se sintieron aliviados al leer que solo era una sesión, que el error no fue “tan grave” y solo me costaría un día más.

Sin embargo, todos aquellos que sufren día a día los tratamientos, entenderán, o mejor dicho sentirán, la misma frustración que yo. Un día más de tratamiento hace demasiada diferencia, es una sesión más de quimioterapia tomada sumada a la sesión de radiación. Es un día más de atacar al cuerpo y lastimarlo. Es un día menos de recuperación, es un día menos de poder decir “sobreviví el tratamiento”. Es un día más que psicológicamente nos puede destruir. Después de darme la información me preguntaron si quería la sesión en sábado para terminar de una vez o en lunes para dejarme descansar los dos días que normalmente tengo. Obviamente escogí el sábado. Lo que quería era terminar y no volver a ver ese maldito pasillo azul.

Llegó el sábado, a las 12:30 del día crucé por última vez, nuevamente mi fe en Dios así me lo hace sentir, ese maldito pasillo azul. Por última vez me acostaron en esa plancha fría dentro del cuarto aislado. Por última vez me movieron, jalaron y acomodaron como ellos quisieron para cuadrar mi cuerpo con el rayo de radiación. Por última vez salí de esa área y por última vez saludé a don José, quien con mayor gusto y ánimos de los que pone en sus saludos diarios me despidió, deseándome con todo el corazón nunca más volverme a ver en ese pasillo azul.

Al salir, mi esposa me esperaba en la sala de sillones negros, en ese mismo lugar donde vivió y sobrevivió conmigo 28 días de tratamiento. Saltó de su silla y caminó hacia mí. “Es la última amor, lo lograste”. No pude contestar, la abracé, me aferré a ella como si no fuera nunca a dejarla ir, coloqué mi cabeza en su hombro y lloré. Lloré de gusto, lloré de felicidad, lloré de fe, lloré de agradecimiento a Dios y a mi abuelita que desde el cielo caminó conmigo cada día desde la oficina al hospital, lloré de agradecimiento a mi esposa y a mi familia, lloré por haber sobrevivido. Lloré simplemente porque aun puedo seguir llorando.

Las sesiones de tratamiento concluyeron esta semana. Por fin, puedo descansar realmente de esos químicos y rayos que mi cuerpo recibió durante 28 días. Esta es apenas la mitad del camino, faltan estudios para asegurarnos que el tumor se redujo sustancialmente o incluso desapareció, que sería el mejor escenario. Falta que con base en ese estudio programen la cirugía. Falta que me digan que tan agresiva será. Aun me falta sobrevivir la operación y la recuperación.

Pero también me falta todavía seguir viviendo, me falta seguir disfrutando los momentos que la vida me permite tener. Todavía me falta seguir amando a mi esposa. Todavía me falta seguir amando a mi mamá y a mi familia. Todavía me falta seguir viajando. Todavía me falta seguir aprendiendo. Todavía me falta ser mejor persona. Así que aquí seguiré, luchando y sobreviviendo.

La primera parte de este largo y doloroso proceso terminó. Pero mi acercamiento hacia ustedes no. Este blog seguirá. Los actualizaré en los procesos que vienen. Los seguiré apoyando con mis palabras, si es que de algo les sirven. Este blog seguirá existiendo para darnos esa perspectiva humana de lo que vivimos mientras sobrevivimos al cáncer.

Recuerden que cada uno de ustedes puede ser una historia de supervivencia, todos podemos decir que al final solo quedó uno y fuimos nosotros. Si en algo les sirve cuentan con mi apoyo y mis oraciones, todo suma. Sigamos SOBREVIVIENDO esta enfermedad para poder seguir VIVIENDO después.

Marzo 13, 2017

Mario