El Descanso

Las últimas dos semanas de tratamiento fueron una avalancha de sentimientos, tanto físicos como emocionales.

El dolor era constante, las náuseas más graves que nunca, presión en el estómago todo el tiempo, cansancio al grado de poder quedarme dormido frente a la computadora mientras escribía, o simplemente de pie platicando con alguien, levantarme al baño hasta 7 u 8 veces durante la madrugada.

En el penúltimo lunes de quimioterapia inyectada mis plaquetas volvieron a salir sumamente bajas, “siga sin ejercicio por lo que queda del tratamiento” me dijo el doctor. Dos semanas completas en que tendría que seguir sin entrenar lo que me gusta, sin esa motivación adicional que muchas ocasiones se volvía el punto clave de mi día.

De pronto, mientras resistía el dolor y las ganas de vomitar, mientras buscaba y le ordenaba a mi cuerpo, más por orgullo que por convicción, que no devolviera lo poco que había logrado desayunar, comer o cenar, llegó el fin de semana. Dos días más de descanso en los que podría intentar recuperarme y sí, mentalizarme a que estaba por entrar a la última semana de tratamiento.

Ese fin de semana previo a la última semana de tratamiento las palabras de aliento de mi esposa y mi mamá fueron interminables, muchas más que las semanas previas; las visitas, las llamadas, los mensajes, las buenas vibras y las oraciones se volcaron desde todos los rincones de mi familia y amigos, “tú puedes”. “es la última”, “ya llegaste hasta aquí”, “estás a punto de terminar”, “no puedes dejarte caer ahorita”. Dentro de todas esas frases de apoyo una resonaba siempre en mi mente, durante todo este proceso mi esposa que sufría muchas veces en silencio para mantenerse fuerte, me dijo y me repitió siempre, “el único camino es a través”. Sé que es una mala traducción ya que mi esposa es norteamericana y hablamos en inglés, pero el efecto y el sentido es el mismo: “the only way out is through”.

Y sí, el único camino para curarnos y para salir adelante es a través de los tratamientos, es sobreviviendo la quimioterapia y la radioterapia, es mantenernos fuertes y no dejar de luchar.

Una tía vino desde Oaxaca solo para estar presente en mi última sesión de quimioterapia. Al verme después de 5 semanas de tratamiento, su rostro no pudo ocultar el dolor que sentía al ver a su sobrino tan flaco, ojeroso, cansado, desgastado, pasando por algo que como muchos otros, cuestiona y grita, “no debería de estar pasando”. Trató de darme ánimos todo el domingo, buscando probablemente mentalizarse más ella que yo para resistir ese último lunes de quimioterapia.

Increíblemente llegó el momento, a la 1 de la tarde hice mi aparición en el hospital para recibir lo que, con mucha fe en Dios, espero sea la última sesión de quimioterapia recibiré en mi vida. En el camino al hospital no podía creer que este día hubiera llegado, que por fin estaba caminando ese recorrido, a esa hora, por última vez en esta primera etapa para superar al cáncer.

Mi primo ya estaba ahí cuando yo entré a la Sala 19 de “Oncología”, esa área que otras veces pisé acompañando a mi mamá en sus tratamientos, en sus visitas de seguimiento con el oncólogo (nuestro doctor de cabecera como recuerdan) y en la que pedí con todas mis fuerzas nunca tener que estar como paciente. Cuando llegué mi primo ya había hecho todos los trámites para mi ingreso a ese último lunes de quimioterapia. Me colocaron el brazalete blanco con mi nombre y número de paciente; amablemente la recepcionista me indicó que tomara asiento, que me hablarían en breve para ingresar.

Tomé la silla al lado de mi primo. Me preguntó cómo estaba, “bien, aguantando todavía” le contesté en tono de broma, o tal vez no tanto. Nos quedamos en silencio los dos, no sé realmente que pasaba por su mente, pero seguramente era algo muy parecido a lo que pasaba por la mía. Será que resisto esta última sesión, cómo reaccionará mi cuerpo después de tanto tóxico y cansancio acumulado, será… minutos después un comentario rompió ese silencio, que más que incómodo era de apoyo y de cariño. Mi primo no necesitaba decir nada para que yo supiera que estaba ahí “por y para mí”. “Ya llegaron mi tía y Rose”, dijo, “demasiado temprano” se quejó, ya que sabíamos no dejarían entrar a los tres a estar conmigo en la sesión y, obviamente, ninguno de ellos quería quedarse afuera en esas últimas tres horas de tratamiento.

Al llegar, mi esposa me dio un cálido beso y me dijo “aquí estoy para lo que necesites amor, todo va a estar bien”. Mi tía, con su eterno cariño hacia mí solo me dijo, “ya estoy aquí mijito”. Nos sentamos los 4 juntos, viéndonos los unos a los otros y el silencio volvió a invadir el cuarto. Estábamos todos concentrados en nuestros propios pensamientos cuando la enfermera anunció mi nombre y me invitó a pasar a la sala. Yo brinqué de mi silla, suspiré profundo para tomar las pocas fuerzas que para esa sexta semana me quedaban. Las caras de los tres se quedaron frías, tratando de disimular el miedo y nervio que en ese preciso momento invadió sus corazones, deseando con todas sus fuerzas y amor que todo saliera bien, pero siempre con el eterno miedo y desconfianza de no saber qué pasaría.

Después de pesarme, tomarme mis signos vitales y preparar todo el equipo, comenzó mi tratamiento ese último lunes. Un lunes que para mí marcó el fin de un tratamiento que deseo la gente que amo no tenga que pasar nunca. Pero que a la vez era el inicio de algo nuevo, algo distinto. No puedo hablar de un renacimiento porque eso sería poético y absurdo; nadie puede volver a nacer. Pero sí fue un lunes en el que muchas cosas del viejo yo cambiaron, murieron en esa sala de quimioterapia para dar paso a una nueva versión de mi ser que espero y confío será mejor en muchos aspectos.

15 minutos después de mi ingreso dejaron pasar a mi tía y mi primo. Cómo llegaron al arreglo que mi esposa cedería su lugar al principio para que mi primo pudiera estar conmigo no sé, supongo que mi enfermedad también alcanzó el corazón de toda mi familia para platicar las cosas y organizarse sin pelear ni . (Yo insistí en esperarme fuera porque paso mucho más tiempo con Mario que los otros dos. Luego, insistió su primo que yo pasara y él esperó afuera. –Rose) Mi tía nuevamente no podía contener su rostro de preocupación y frustración al verme conectado a los cables y bombas que inyectan poco a poco los químicos en mi cuerpo.

Ese día transcurrió sin mayor imprevisto, fuera de los efectos secundarios de todos los demás lunes y el cansancio que es aún más fuerte ya que esos días se combinaba la quimioterapia inyectada, la radiación y la quimioterapia tomada. Lo realmente sorprendente vino cuando transcurrió la semana y mi cuerpo reaccionó como ninguno de los doctores, ni mi familia siquiera, pensó. Hubo muchas náuseas, pero incluso menos que en la quinta semana; dolor de estómago, pero de menor intensidad que las semanas anteriores; mareos y dolores de cabeza, pero no fuera de lo común. Mi cuerpo estaba probablemente tan emocionado como yo de estar pasando por la semana final del tratamiento.

A pesar de esa buena reacción, hubo un punto de conflicto en la semana que estuvo muy cerca de derrumbarme, de terminar con las pocas fuerzas que me quedaban para ir diario a las últimas sesiones de radiación. El miércoles, al terminar mi sesión de radioterapia, los doctores me indicaron que había habido un error, “computamos mal las sesiones” dijeron. Sentí claramente como mis fuerzas me abandonaban, como mis ánimos y ganas de seguir luchando se perdieron en ese momento, sentí rabia, enojo, odio, ganas de gritar, insultar y hasta golpear a los doctores. Es muy fácil para ellos simplemente decir que se equivocaron y que tengo que ir a más sesiones de las que en mi mente confiaba serían. “Estamos en la sesión 24 no en la 25” dijeron. Sé para que muchos de los lectores, principalmente para aquellos que afortunadamente no están pasando por un procedimiento similar, se sintieron aliviados al leer que solo era una sesión, que el error no fue “tan grave” y solo me costaría un día más.

Sin embargo, todos aquellos que sufren día a día los tratamientos, entenderán, o mejor dicho sentirán, la misma frustración que yo. Un día más de tratamiento hace demasiada diferencia, es una sesión más de quimioterapia tomada sumada a la sesión de radiación. Es un día más de atacar al cuerpo y lastimarlo. Es un día menos de recuperación, es un día menos de poder decir “sobreviví el tratamiento”. Es un día más que psicológicamente nos puede destruir. Después de darme la información me preguntaron si quería la sesión en sábado para terminar de una vez o en lunes para dejarme descansar los dos días que normalmente tengo. Obviamente escogí el sábado. Lo que quería era terminar y no volver a ver ese maldito pasillo azul.

Llegó el sábado, a las 12:30 del día crucé por última vez, nuevamente mi fe en Dios así me lo hace sentir, ese maldito pasillo azul. Por última vez me acostaron en esa plancha fría dentro del cuarto aislado. Por última vez me movieron, jalaron y acomodaron como ellos quisieron para cuadrar mi cuerpo con el rayo de radiación. Por última vez salí de esa área y por última vez saludé a don José, quien con mayor gusto y ánimos de los que pone en sus saludos diarios me despidió, deseándome con todo el corazón nunca más volverme a ver en ese pasillo azul.

Al salir, mi esposa me esperaba en la sala de sillones negros, en ese mismo lugar donde vivió y sobrevivió conmigo 28 días de tratamiento. Saltó de su silla y caminó hacia mí. “Es la última amor, lo lograste”. No pude contestar, la abracé, me aferré a ella como si no fuera nunca a dejarla ir, coloqué mi cabeza en su hombro y lloré. Lloré de gusto, lloré de felicidad, lloré de fe, lloré de agradecimiento a Dios y a mi abuelita que desde el cielo caminó conmigo cada día desde la oficina al hospital, lloré de agradecimiento a mi esposa y a mi familia, lloré por haber sobrevivido. Lloré simplemente porque aun puedo seguir llorando.

Las sesiones de tratamiento concluyeron esta semana. Por fin, puedo descansar realmente de esos químicos y rayos que mi cuerpo recibió durante 28 días. Esta es apenas la mitad del camino, faltan estudios para asegurarnos que el tumor se redujo sustancialmente o incluso desapareció, que sería el mejor escenario. Falta que con base en ese estudio programen la cirugía. Falta que me digan que tan agresiva será. Aun me falta sobrevivir la operación y la recuperación.

Pero también me falta todavía seguir viviendo, me falta seguir disfrutando los momentos que la vida me permite tener. Todavía me falta seguir amando a mi esposa. Todavía me falta seguir amando a mi mamá y a mi familia. Todavía me falta seguir viajando. Todavía me falta seguir aprendiendo. Todavía me falta ser mejor persona. Así que aquí seguiré, luchando y sobreviviendo.

La primera parte de este largo y doloroso proceso terminó. Pero mi acercamiento hacia ustedes no. Este blog seguirá. Los actualizaré en los procesos que vienen. Los seguiré apoyando con mis palabras, si es que de algo les sirven. Este blog seguirá existiendo para darnos esa perspectiva humana de lo que vivimos mientras sobrevivimos al cáncer.

Recuerden que cada uno de ustedes puede ser una historia de supervivencia, todos podemos decir que al final solo quedó uno y fuimos nosotros. Si en algo les sirve cuentan con mi apoyo y mis oraciones, todo suma. Sigamos SOBREVIVIENDO esta enfermedad para poder seguir VIVIENDO después.

Marzo 13, 2017

Mario

La Cuarta

4 semanas completas de tratamiento, lunes a viernes; 24 horas de náuseas: solo 3 a 4 horas sueño; levantarme de 5 a 6 veces por las noches. 4 semanas de desgaste, de preocupación, de inquietud.

El tratamiento sigue siendo más pesado conforme pasan los días. El cansancio se acumula; el cuerpo no logra recuperarse del todo con los pocos días de descanso. Cada vez hay más muerte por dentro; más células que se pierden, glóbulos blancos que disminuyen, kilos que se pierden, órganos adicionales que se afectan.

Uno de los golpes más duros de esta cuarta semana fue tener que perder mi entrenamiento. Me quedé sin B-63 hasta que se termine el tratamiento. Mientras me inyectaban los químicos, el lunes 20 de febrero, el doctor nos informaba que mis plaquetas (encargadas de la producción de glóbulos blancos y de regular la coagulación de la sangre) estaban en números preocupantes. Del nivel de plaquetas que un cuerpo sano debe tener, yo tenía menos de la tercera parte.

Me informaron de los riesgos fuertes de hemorragias, heridas abiertas y lesiones que el cuerpo no podría detener o curar ya que su producción de las células que ayudan a la coagulación estaba sumamente disminuida. La consecuencia: cualquier esfuerzo mayor podría detonar una hemorragia, externa o aún más grave, interna, que podría ocasionarme muchas complicaciones y, por este motivo, me ordenaron dejar de acudir a mis entrenamientos diarios.

Como recuerdan, B-63 se volvió una motivación para mí. Un aspecto de mi vida que me ayudaba a mantenerme frío, objetivo, con la mente fija en el resultado; una forma de demostrarme que mi cuerpo y mi mente pueden alcanzar metas que parecían imposibles. En ese momento me di cuenta, nuevamente, que estoy enfermo; que aunque quiera, intente y me aferre con todas mis fuerzas, NO puedo vivir mi vida “normal” como si nada estuviera pasando. Mi cuerpo me demandaba descanso y yo no quería escucharlo. Estaba tan enfocado en tratar de vivir una vida “normal”, que perdí de vista las señas que mi cuerpo daba pidiendo una pausa en los esfuerzos excesivos a los que lo sometía.

Fue ahí cuando caí en la cuenta que el concepto “normal” es mucho más fuerte de lo que quería reconocer. La carga que conlleva la palabra va más allá de su simple significado lingüístico. Escuchamos la palabra y de inmediato pensamos en ese contexto que tenemos precargado de qué debe ser o es “normal”. Ser sano es normal? Hacer ejercicio es normal? Ser alto, bajo, blanco, moreno, católico, casado, gay, es eso normal?

Estoy sometido a uno de los tratamientos más agresivos que ha creado el hombre para tratar una enfermedad, y no me refiero solo al tipo de quimioterapia que me dan, o si además está combinado con radioterapia. Lo que intento transmitir es que el tratamiento del cáncer es en sí mismo el más agresivo que existe. Se trata de inyectar a una persona una serie de químicos enfocados a matar las células cancerígenas, pero lo que muchas veces ignoramos es que las células enfermas comparten prácticamente la misma estructura genética que nuestras demás células. Entonces, la idea del tratamiento es matar todas aquellas células que se comportan como las cancerígenas, lo que implica que poco a poco, día a día, también nos matan a nosotros por dentro, con la esperanza de que las células de cáncer mueran antes que el resto del cuerpo. A eso se resume el tratamiento: a jugar con la combinación de químicos que sean más agresivos con las células cancerígenas que con nuestras demás células, esperando que las primeras mueran antes que las segundas, y así podamos sobrevivir el tratamiento.

Cuando me di cuenta de eso, necesariamente tuve que aceptar que para mí, en este momento, sentirme cansado, triste, desganado, no poder hacer ejercicio, sufrir de plaquetas bajas, eso es lo “normal”. Tratar de vivir mi vida como si nada estuviera pasando; tal vez era simplemente un mecanismo de defensa para tratar de ignorar una realidad que nunca quise que me llegara. Tengo cáncer y sufrir los efectos del tratamiento es NORMAL.

Después de este duro golpe y ejercicio de aceptación, llegó, como siempre pasa, la calma. Entendí que es NORMAL que no pueda hacer ejercicio; normal que tenga náuseas todos los días a todas horas; normal que mi esposa, mi mamá, mi familia y mis amigos se preocupen todos los días por cómo estoy; normal que la gente que sabe por lo que estamos pasando esté pendiente y busque aportar, aunque sea un granito de arena, a nuestra recuperación, bajo cualquier medio o de la forma que cada persona tiene para mostrar su apoyo.

Entendí porque ya no disfruto de esos 20 minutos que camino todos los días de mi oficina al hospital para recibir mis tratamientos. Entendí porqué, a pesar de tener la fortuna de trabajar en mi zona favorita de la ciudad, llena de restaurantes, centros comerciales, parques, gente, mascotas, alegría, música, bares y ambiente, ya no me causaba la misma reacción de felicidad al pasar todos los días. Entendí que el hecho de que la gente pase junto a ti en sus vehículos, bicicletas o caminando, ignorando por completo lo que estás viviendo y probablemente sin importarles siquiera, es NORMAL.

Pero esa normalidad también me abrió los ojos a otra realidad que había dejado de lado, a pesar de que siempre pensé que por mi personalidad nunca lo perdería. Hablo de la empatía; esa característica humana que nos permite identificarnos con el sufrimiento, las preocupaciones, motivaciones y emociones de los otros. En esos 20 minutos que camino diario – por convicción, no por necesidad -, he aprendido a apreciar los pequeños detalles que muestran empatía entre nosotros. Por qué una persona muestra agradecimiento a un conductor o un ciclista que se detiene para concederles el paso mientras cruzaba una calle; o aquélla persona que se detiene simplemente a decir “buenas tardes”; esa persona que se toma 5 minutos más de su ocupado día para ayudar a otra a cruzar la calle o a recoger algo que se cayó. En ese momento, te das cuenta que esa característica, que cada vez es más escasa, es algo que nos puede llevar a apreciar el mundo mejor y a hacerlo mejor.

He visto que no es necesario que cada persona que sabe lo que estoy pasando, o que lea estas líneas, o que se interese en mi caso, muestre empatía. Esos 20 minutos diarios me han ayudado a apreciar con todo el cariño, la empatía que tantas personas me han mostrado hasta ahora, día a día.

La cuarta semana definitivamente ha sido la peor hasta ahora, los miércoles y jueves siguen siendo los más pesados, ya que es cuando el tratamiento está en su mayor punto de efectividad. Pero a su vez, son los días en que el apoyo más presente está.

Entro a las dos últimas semanas del proceso inicial para combatir al cáncer con la esperanza recargada, con la ilusión renovada de pensar que el final puede estar cerca. Las fuerzas y la motivación no se renuevan del todo, pero aquí seguimos, en esta lucha diaria para llegar a nuestra meta final, que solo quede uno, NOSOTROS.

Mario

Marzo 1, 2017

Lo siento amor – Pobre mi Amorcito

Estamos caminando de regreso a su oficina desde el hospital. Hace calor; la sección de Ejercito Nacional donde se ubica el hospital tiene pocos arboles y no hay sombra a las 4 de la tarde. El sol se refleja sobre la pared de madera que han construido para resguardar la construcción del otro lado. Ambos estamos sudando, hasta Mario abajo de su suéter. Siempre caminamos agarrados de la mano, pero no hoy. El calor es demasiado. Ella nos ve desde unos 3 metros y nos saluda entusiasmada: “¿Cómo están? ¿Ya de regreso para quedarte para siempre en México? Mario, te ves tan delgado! Felicidades.” Antes trabajábamos juntos, los 3, hace mucho tiempo. Ella se acuerda de Mario con 10 o 15 kilos más de los que tiene – siempre ha sido difícil para él bajar de peso, hasta ahora. Caminamos en silencio después de despedirnos de nuestra amiga.

Estamos en el ascensor, ya para regresar a la casa. Dos compañeros se encuentran con nosotros; “Te ves delgado,” dice uno a Mario. “He estado yendo al gimnasio,” responde él, como si nada, con una sonrisa. “Que bien, te ves bien.” Se despiden con la mano y con una palmada en la espalda cuando el otro se baja del ascensor. Se cierran las puertas, y Mario voltea hacía mi. “A veces es tan difícil seguir sonriendo,” me dice. Cuelga su cabeza, dejándola caer sobre mi hombro, y yo le abrazo por sus hombros y le doy un pequeño masaje en la parte de atrás de su cabeza, y le digo, “pobre mi amorcito.”

¿Qué más podría decir? Esto es algo que digo con frecuencia últimamente. Cuando estamos en la casa, y se queda dormido en el sillón frente a la tele mientras ve un partido de futbol. Cuando entro a nuestro cuarto, y lo encuentro acostado sobre la cama, pálido, sin ganas y sin la fuerza para levantarse – no puedo distinguir cual es. Me siento sobre la cama y le acaricio la frente. Cada día es más pálido. Sus hombros son más estrechos, sus brazos más delgados. Pobre mi amorcito.

Estamos saliendo del hospital. Le pregunto si ha completado la radiación – si logró resistir el impulso de salirse corriendo de ese pasillo azul. Me dice que sí, “por poco.” Veo su cara y me doy cuenta que no es broma, no sonríe y su expresión es completamente seria. “No deberíamos estar aquí,” me dice. “¿te refieres a que no deberías estar enfermo?” “Sí, no es justo.”

No, no es justo. Pero a veces la vida no se trata de lo que es justo. A veces las cosas solo pasan. A veces pasan cosas malas, muchas cosas malas, a gente buena que no sabe que ha hecho para merecer su castigo. Pero las cosas que pasan en la vida no deben de ser justos, o injustos, y su objeto no es ser un castigo, solamente SON y nos queda una única opción: lidiar de cualquier forma que podamos.

Entonces le digo, “pobre mi amorcito,” y le envuelvo en mis brazos y deseo con todo mi corazón que pudiera quitarle, de alguna manera protegerlo, de todo ese dolor. Hago su comida cada día, la llevo al hospital, espero en los sillones negros de piel a que emerja del pasillo azul. Me quedo cerca de su oficina en la tarde, por si algo se ofreciera, y después regresamos juntos a la casa. Hago quesadillas para cenar y le digo lo orgullosa que estoy cuando logra comerse 2, sin hambre y a pesar de las nauseas. Me quedo parada en la cocina, comiendo helado directo del envase, y de pronto me doy cuenta lo duro que debe ser para él enfrentar esto con una sonrisa – los síntomas de los tratamientos son cada vez más evidentes; los amigos quienes creen apoyar, lo felicitan por seguir en pie– y se rompe un poco más mi corazón.

Rose

February 22, 2017

Medio Tiempo

He pasado 16 días recorriendo el pasillo azul en el sótano del hospital donde se encuentra el equipo de radiación. 16 momentos distintos cada día en donde me reciben las enfermeras, los doctores, el vigilante.

Me toman los signos vitales diario, para mantener un seguimiento de cómo reacciona mi cuerpo. Me recuestan sobre una plancha fría de metal y plástico dentro del cuarto sellado para evitar fugas de la radiación. Me cubren con mantas y cobijas para que no me dé tanto frío. Me mueven de todas las formas posibles para cuadrar los tatuajes que tuvieron que hacer para marcar el punto exacto donde deben entrar los rayos. “Vamos a comenzar, no se mueva por favor”, son las últimas palabras que pronuncian los doctores cada día antes de iniciar las sesiones de radioterapia.

Esos 30 minutos en donde permanezco solo, recibiendo rayos en mi cuerpo, parecen eternos. Mi mente vuela, me traiciona, mis sentimientos se potencializan, a veces lágrimas, a veces sonrisas, a veces lamentos.

En más de una ocasión he pensado en voltearme y correr mientras recorro ese pasillo azul, en escapar y no volver. Muchas veces basta con repetir ciertas actividades en nuestra vida por solo 2 o 3 veces para que se vuelvan rutina. No esta vez. No cuando sabes que cada vez que terminas ese pasillo y entras al cuarto de radiación, un poquito de ti se desgasta, muere poco a poco. Y no hablo solo del cáncer, ojalá fuera solo ese maldito tumor que hubiéramos querido nunca llegara a nuestras vidas. No, hablo del resto de las células, hablo de las capas que recubren parte de nuestro cuerpo y que nos protegen, hablo de la piel, hablo de todos los efectos secundarios que los tratamientos nos provocan. Cuando recuerdas lo que estás viviendo es imposible que ese pasillo azul se vuelva rutina, es más, pedimos a Dios que nunca lo sea.

Don José, el vigilante a cargo de la sala de radiación me saluda con una sonrisa incomparable. “buenas tardes, cómo está” pregunta todos los días, manteniendo una actitud positiva hacía la vida, hacía la gente que ve desgastada, débil, sufriendo; sin embargo, él sonríe. Don José nos ayuda a mantener el espíritu y la esperanza viva. Siempre se levanta de su silla, toma su bastón y se acerca a cada paciente para extender un saludo cariñoso, un apretón de manos que te recuerda que SÍ SE PUEDE. A pesar de todos los años que él lleva cuidando ese pasillo, todos los pacientes que debe haber visto, y los que ya no volvió a ver jamás porque ya no están con nosotros, a pesar de esas experiencias que aunque no sean propias, él las hace parte de su vida, Don José sigue sonriendo y saludando, tratando de aportar un granito de arena con ánimos a cada uno de nosotros que caminamos ese maldito pasillo azul.

Esta tercera semana fue difícil. La quimioterapia me atacó mucho más que las semanas anteriores. Siguen siendo efectos “normales” de acuerdo con los doctores. Mi cuerpo y mi mente estuvieron a punto de caerse; quise renunciar, quise darme por vencido cuando todos los olores, todos los sabores, todas las imágenes me provocan querer devolver el estómago cada 10 minutos. Después recordaba la rutina de los 30 minutos y me levantaba.

Me volvía a aferrar a la vida, a mi pasión por el trabajo, a mi amor por mi esposa y mi familia, a todos los placeres y momentos de felicidad que la vida nos regala y me levantaba. “NO VOY A IR A NINGÚN LADO” le digo a mi esposa; aquí estaré por muchos años más dando lata y disfrutando de esos pequeños momentos que el cáncer me enseñó a disfrutar otra vez.

“Te puedes caer, llorar, quejar, maldecir conmigo amor, pero no dejes el tratamiento” son las palabras constantes que mi esposa repite cada vez que ve en mí una expresión si quiera cercana al cansancio. Mi mamá sabe que soy fuerte, se enorgullece por mi entereza para resistir los tratamientos, pero a la vez su expresión denota preocupación, dolor, desesperación. Cada uno está librando una batalla constante contra sus sentimientos y pensamientos; cada uno trata de mantenerse fuerte a su manera y en su papel. Cada parte de la fuerza que los seres queridos demuestra mientras siguen caminando con nosotros este desgastante camino, es una recarga para nosotros que nos permite seguir adelante.

En el trabajo las cosas siguen su curso, la gente que sabe lo que está pasando hace su mejor esfuerzo en tratarme como si el cáncer no existiera (aunque no pueden quitarse de la mente el hecho de que ahí está y tenemos que esperar). En B-63 siguen los ánimos y las porras de quienes saben, de los que no, el trato de siempre y la amistad que esa comunidad me ha permitido crear.

Esta semana fue la que hasta el momento más he anhelado que llegara el fin de semana, que son mis días de descanso de la quimioterapia tomada y radioterapia. Necesitaba una pausa para retomar fuerzas y seguir adelante. Me doy cuenta que no tenemos que ser fuertes todo el tiempo, no tenemos que tener la frente en alto todos los días, pero sí debemos seguir adelante convencidos que somos más fuertes que el cáncer, convencidos que al final del viaje, solo quedará UNO y esos seremos NOSOTROS.

Aférrate a la vida, encuentra ese motor, ese motivo que te haga sentirte vivo y feliz. Esa fuerza es la que nos llevará a la meta.

Mario

Febrero 20, 2017