El saldo a la fecha

Esa mañana del 12 de mayo el tiempo se detuvo. Por fin había llegado la fecha tan esperada y anticipada por mí, por mi esposa y por mi familia, no por razones felices, pero todos sabíamos que iba a llegar. Desperté a las 2 de la mañana, me detuve mirando el techo sin poder conciliar el sueño otra vez, logré dormir nuevamente como a las 3:30 de la mañana solo para abrir mis ojos nuevamente a las 4, así comenzó el día.

A las 9:30 de la mañana iniciamos el camino hacia la recepción del hospital para hacer mi ingreso. Me acompañaban mi esposa, mi mamá, una de mis tías, una de mis primas y su prometido. En el hospital y algunos minutos después nos alcanzaron mi tía, mi tío y mi primo, quien me había acompañado a las sesiones de quimioterapia todos aquellos lunes.

Era el momento que siempre supimos llegaría pero que no por eso deja de ser la culminación de todos los miedos, nervios y fantasmas que cada uno tiene sobre lo que puede pasar en una cirugía. La doctora que me operaría en todo momento nos infundió seguridad y tranquilidad, es básicamente la mejor cirujana que hay para el tipo de tumor y zona en donde se localizaba el cáncer que yo combatía. No por eso deja de ser el momento más temido por todos, o al menos por mí. No dejaba de preguntarme qué pasaría si no despierto; si nunca más puedo volver a la gente que amo; qué pasaría si algo sale mal en la cirugía y el resultado no es el esperado; qué pasaría si…

Nos habían anticipado que la cirugía duraría 6 horas o más. Después de muchos tropiezos, discusiones y llamadas, el seguro había aceptado cubrir la cirugía robótica que es el método más recomendado para el tipo de operación a la que sería sometido, y la que luché por tener ya que me daba más tranquilidad de que lograríamos el resultado buscado.

A las 5:30 de la tarde sonó el teléfono de la habitación donde estaba internado, “Ya en breve te bajamos a quirófano” dijo la voz de la enfermera al otro lado de la bocina. Que tan breve sería esa espera no lo sabíamos en ese momento. A las 6 de la tarde entró una enfermera al cuarto y empezó a preparar todo, el momento había llegado, ya no había marcha atrás, no había nada que hacer más que aferrarme a mi fe, confiar en la mano de Dios y agradecer a todos los que me acompañaban por su presencia y cariño. Para ese momento el cuarto estaba lleno, éramos más de 15 personas en el cuarto, todos para mí, todos por mí, todos apoyándome a mí, con sus fantasmas y miedos pero ahí. Nunca he podido quejarme de tener mucho cariño alrededor, Dios me ha bendecido siempre con amor por parte de mi familia y con tener muchos y grandes amigos que me quieren, eso se lo debo a mi abuelita que me enseñó a hablar hasta con las piedras y a tener un carácter muy amigable, al menos eso creo yo.

Mientras empujaban la camilla hacia fuera del cuarto, cada uno de los que estaban conmigo me dio un beso, un abrazo, una palabra de aliento, ánimos para aguantar lo que venía. Las últimas en despedirse temporalmente fueron mi mamá y mi esposa. Las dos me abrazaron, me dieron un beso y trataron de sonreír y de decirme que todo estaría bien, que me verían en breve cuando saliera de la cirugía. Ninguna podía ocultar el miedo a lo que podría pasar, mi esposa fue tan dulce al tocarme y decirme que me amaba que no pude evitar que el corazón se me rompiera un poco pensando en que pudiera ser el último beso y la última vez que la viera. Tengo que decirles que esa posibilidad no era algo real según los doctores, la cirugía iba a ser una masacre, iban a cortar gran parte de mi cuerpo, iban a mutilarme por dentro y a extirpar todo lo extirpable cercano a donde estaba el tumor, pero aun así no había riesgos de que no sobreviviera la cirugía. La doctora estaba segura de ello. Eso no implicaba que yo no muriera de miedo de algo tan grave. Supongo que nunca se sabe lo que realmente se sufre antes de la cirugía hasta que estás en esa situación.

Cuatro horas y media después estaba de vuelta en el cuarto del hospital, apenas despertando de la cirugía y bastante mareado por los analgésicos que me estaban administrando para que no sintiera el dolor que mi cuerpo experimentaba en ese momento. Ni bien estuve un poco consciente, mi esposa y mi mamá me dieron el reporte que la doctora les había compartido después de la cirugía y mientras yo estaba en la sección de recuperación.

Habían quitado todo lo necesario, no habían encontrado ningún rasgo de tumores fuera de la zona en donde estuvo localizado desde un inicio, y aún mejor, el tumor prácticamente había desaparecido y era muy pequeño al momento de quitarlo de mi cuerpo. Hubo complicaciones durante la cirugía, la doctora tomó las decisiones que consideró pertinentes para cumplir con su objetivo principal, salvar mi vida. No se preocupó por la funcionalidad de mi cuerpo ni mucho menos por la estética, ese es el protocolo de todos los oncólogos, primero la vida, después la función y por último la estética.

No pude evitar enojarme, reclamar, llorar y gritar por el coraje. Quienes son los doctores para tomar decisiones tan importantes y que te marcarán de por vida sin siquiera consultarte. Por qué tienen ellos el derecho a determinar cómo vives y que tipo de vida tendrás en los próximos meses, años o de por vida mientras uno está dormido. Con qué justificación pueden ellos decirte al despertar “Tuve que dejarte estos tubos, estas conexiones, quitarte esto o lo otro, porque decidí que era lo mejor”. ¿Lo mejor para quien, para el doctor que toma la decisión, para el oncólogo que determina hasta donde puede mutilar tu cuerpo con tal de “salvar” la vida del paciente?

Desde ese fatídico enero cuando recibí por primera vez la noticia de que tenía cáncer he descubierto que con esta enfermedad no hay ninguna estabilidad, todo es incertidumbre y todo es un proceso de superación y frustración constante. Cuando crees que ya superaste una parte, llega algo que te sacude el piso nuevamente, que te hace pensar y renegar de la vida, que te hace odiar a tu cuerpo por haber permitido que el cáncer se desarrollara. Porque sí, el cáncer es una enfermedad personal, tú mismo la provocaste y tú mismo tienes que superarla, son nuestras propias células las que nos traicionaron y enfermaron.

Mientras trataba de digerir y aceptar el resultado de la operación, que me dejó parecido a Robocop -recuerdan a ese policía reconectado por tubos y mangueras que le permitían a su cuerpo funcionar y moverse-, llegó el momento de la consulta de revisión con la doctora, en donde nos darían además los resultados del análisis de patología posteriores a la operación, el resultado del que dependería el resto de mi vida.

Ni mi esposa ni yo hablamos mientras nos dirigíamos al hospital, más que para dar direcciones sobre cómo llegar. Ambos sabíamos lo que implicaba ese día y lo que la noticia que nos dieran podía marcar nuestras vidas. Cuando llegamos mi madre ya estaba en la sala de espera. Mis tubos colgaban de mi cuerpo mientras yo caminaba en círculos esperando que nos llamara la doctora. Para ese día ya estaba harto de las circunstancias en las que me había dejado la cirugía y apenas habían pasado 5 días. Ya quería que me quitaran los tubos, que me reconectaran todo, que cerraran las heridas que dejaron abiertas y que durarán 8 semanas. Ninguna de mis peticiones de terminar el proceso antes hizo eco en la doctora, su respuesta fue un crudo “tenemos que seguir los tiempos que marcan los protocolos, seguirás con esas heridas abiertas por 8 semanas”.

Sin embargo, a pesar de lo dura y cruda que la doctora tiene que ser, ese día nos cambió la vida. Ese día todo cambió. Ese día marcó el inició de lo que sí será una nueva vida para mí. Amigos, SÍ se pudo, sí hubo un único sobreviviente al final, sí se terminó la pesadilla. El cáncer se había ido, todos los resultados de patología fueron negativos, el tumor se había extirpado favorablemente y había recudido su tamaño en más de un 90%. No encontraron marcas en ninguna otra parte del cuerpo ni hubo ningún otro ganglio infectado. La doctora sonrió, tomó un respiro mientras veía las caras de felicidad extrema de mi esposa, de mi mamá y mía, para decir al final “Mario, felicidades, estás curado, lo lograste”. Esas palabras resonarán por siempre en mi cabeza desde ese día. Valió la pena todo el sufrimiento, todos los tratamientos, las náuseas diarias y constantes, los mareos, la falta de apetito, la frustración, el maldito pasillo azul, al final, todo se hizo de forma correcta y funcionó… las decisiones duras de los doctores involucrados en mi caso lograron su objetivo, erradicar el cáncer de mi cuerpo.

Aún tengo que superar las semanas de recuperación, todavía tengo que esperar a que me cierren, es más, todavía tengo que superar 4 sesiones más de quimioterapia que el oncólogo determinó eran necesarias, para “asegurarnos y prevenir cualquier cosa” nos dijo. Pero todo esto lo superaré curado, con una victoria en la mano y sabiendo que sí se puede. La mente, el cuerpo, el espíritu, la fe son más fuertes de lo que creemos y pueden lograr hasta los milagros más grandes que podemos pensar, pueden curarnos de uno de los mayores males conocidos por el hombre, pueden combatir y más importante, ganar la batalla contra el cáncer, obviamente ayudados por los maravillosos doctores y los horribles tratamientos, pero ni los primeros ni los segundos pueden funcionar sin nuestra voluntad de acero que nos lleve paso a paso, día a día, minuto a minuto con la fuerza y la mente enfocados a superar esta terrible enfermedad.

No es crítica a los doctores, a quienes les estaré eternamente agradecidos por salvar mi vida, pero siempre encuentran la forma de ser los protagonistas finales y de disminuir la felicidad que podemos sentir antes resultados tan positivos como los que acabo de compartir. Sí estoy curado, sí salió todo de maravilla en cirugía, sí el tratamiento fue efectivo, sí mi cuerpo fue una roca para aguantar todo, aun así es necesario someterme a dosis adicionales de quimioterapia. 4 sesiones más para asegurarse de matar cualquier residuo que pudiera haber quedado. No importa que la cirugía y los resultados de patología arrojen y garanticen que ya no hay nada, no está demás asegurarnos con más quimioterapia. Es muy fácil tomar esas decisiones cuando no es tu cuerpo el que está en juego, cuando no es el doctor el que se someterá a 4 sesiones más de tratamiento que me tendrán con náuseas, mareos, dolores, falta de apetito, frustrado… todo esto, para asegurarnos que algo que ya estamos seguro ya no está, se vaya por completo.

La parte que me más me frustra y preocupa, es que por el resultado de la cirugía y mi calidad de robocop, no puedo hacer ejercicio, no puedo correr, no puedo saltar, mucho menos levantar pesas, mi B-63 que era mi refugio para ayudarme a mantener la mente fría y a levantarme todos los días dispuestos a superar una sesión más de quimioterapia está fuera del mapa hasta que me cierren las heridas que siguen abiertas. Se abre un nuevo capítulo de tratamientos que, a diferencia de la primera ocasión, no puedo anticiparles cómo será ya que mis refugios más sólidos que tenía para superarlo no estarán presentes.

Lo que sí puedo anticipar, es que superar 4 sesiones más sabiendo que el cáncer se ha ido por completo debe hacer una diferencia en cómo sobreviviré estos nuevos tratamientos. Se escribirá un nuevo capítulo, se librará una nueva batalla pero que empieza con la guerra ya ganada.

Gracias por permitirme compartir mi historia, gracias por leerme y seguirme en este proceso. Gracias por ser un apoyo adicional a la distancia que me permitió desahogarme, platicar y sobre todo compartir. Espero este blog siga ayudando a aquellos que sufren, han sufrido o conocen a alguien que pueda necesitar palabras de aliento y prueba de que sí se puede.

Mario

Mayo 2017

De vuelta al ruedo

Han transcurrido 4 semanas desde que concluyó el tratamiento, un mes desde aquél 11 de marzo a la 1 de la tarde que vi por última vez ese pasillo azul, espero con todas mis fuerzas y mi fe sea así.

Durante las 4 semanas que han transcurrido me tuve que someter a revisiones médicas físicas, análisis de laboratorio, estudios, tomas de muestras de sangre, controles. Aun así agradecí cada día que no me inyectaron la quimioterapia, que no me radiaron y que no tuve que ingerir las desagradables pastillas también de quimioterapia.

Tuve oportunidad de retomar energías, de sanar mi cuerpo y mi mente (tal vez no al 100 pero muy cerca), de retomar mi vida casi al punto de olvidarme que alguna vez tuve cáncer o que tal vez aun esté ahí. Estas 4 semanas han sido maravillosas para darme cuenta que sí podemos sobrevivir al tratamiento y que nuestro cuerpo es más fuerte de lo que creemos; que nuestra mente aunque a veces nos traiciona, al final siempre está ahí lista para seguir adelante y dar lo mejor de nosotros; para felizmente confirmar que ese cambio que el cáncer causó en mi vida no fue momentáneo, que no pasará y será solo una oportunidad más que no tomé.

Me sigo aferrando a la vida; a los momentos que se nos presentan en el día a día y que muchas veces no nos importa ver; a mi esposa que siempre está ahí, presente y atenta como si aún viviéramos esos terribles días que nos hicieron cuestionar el resultado del tratamiento; a mi mamá, de quien su amor crece cada día y ahora por lo menos sonríe y trata de mantenerse positiva al ver que aquí sigo y que sobreviví el tratamiento; a mi familia, que aun cuando las 9 semanas de tratamiento ya terminaron siguen pendientes y cuidándome; a mis amigos, cuyas muestras de apoyo no disminuyen ni cambian, por el contrario, ahora cada abrazo, cada saludo, cada momento y cada cerveza que compartimos se disfruta más porque nos dimos cuenta que no tenemos nada garantizado, que la vida puede irse de las manos en cualquier momento, entonces queremos disfrutar y aferrarnos a esos pequeños momentos que SÍ tenemos con nuestra gente.

Hace un par de semanas tuve una cita con el doctor de cabecera a cargo de mi tratamiento, el objetivo era ver cómo estaba y programar el siguiente paso, ese que traté de evitar, ese que pedía a diario no llegara: la cirugía. El doctor empezó como en todas las citas, señalando lo bien que me veía y lo “saludable” que parecía, casi como si no tuviera nada, como si la quimioterapia y la radioterapia no hubieran sido aplicadas; “ya me informaron los demás doctores lo bien que recibió el tratamiento, estamos todos sorprendidos por la buena respuesta que presentó”. El doctor sigue hablando de usted a todos, podemos decir que es de la vieja guardia, de esa cultura del respeto y formalidad extrema que en ocasiones extraño, mientras en otras agradezco vivir en tiempos más modernos.

Después de la plática inicial, de los comentarios sobre lo bien que estaba, de esperanzarme con esa pequeña posibilidad de que la cirugía pudiera ser evitada, cayó el balde de aguahelada, prácticamente hecha hielo. “Hay que programar la cirugía, yo creo que lo opero en dos semanas”, nos dio la fecha y la hora. ¿Por qué? ¿Cómo? No hace sentido! Eran las frases y preguntas que volaban en mi mente. Si me veo bien, si respondí al tratamiento de forma “excelente”, si el tumor ya se redujo más del 80% y la quimioterapia va a seguir haciendo efectos ¿porqué necesito tener la cirugía de todas formas?

Entendí que siempre habrá cosas que no alcanzaremos a entender, ya sea porque Dios no quiere que las entendamos o simplemente porque es su forma de enseñarnos, o simplemente porque los doctores creen que son dioses y pueden hacer prácticamente lo que quieran con nuestras vidas y nuestro cuerpo; al final del día ellos son los expertos y ¿cómo vamos nosotros, simples mortales, a cuestionar sus designios? “Va a ser una cirugía muy fuerte,” me dijo, debe prepararse como si fuera a correr un maratón. Su referencia no iba encaminada a que correr un maratón sea el reto más fuerte que puede enfrentar una persona, en muchos aspectos creo que nuestro “maratón” es mil veces más pesado, más riesgoso y en ocasiones con menos expectativas de llegar a la meta.

Pero entendí la referencia; mi cuerpo, mi mente y mi alma tenían que estar listos para una cirugía de esas magnitudes. Debía entrar preparado para sobrevivir y para pelear, una vez más por vencer a ese maldito cáncer que hubiera deseado nunca tener. Pregunté si podía regresar a B-63, como recuerdan, junto con mi casa, ese salón sudoroso, lleno de equipos para entrenar, de la gente que a las 7 de la mañana me recibe con un gusto enorme, se volvió mi santuario y mi refugio. Afortunadamente la respuesta fue afirmativa. Es más, fue motivada por el doctor, quien me dijo que el ejercicio me iba a ayudar a preparar tanto mi cuerpo como mi mente, el alma o el espíritu. Ese era el trabajo de la gente que me rodea, eran esas personas que nos aman quienes me prepararían para esta nueva batalla.

Cumplí tres semanas completas entrenando, llevando mi cuerpo al límite, haciendo mi mente fuerte al reto y al dolor del cuerpo cuando me decía que me detuviera, pero mi mente no me lo permitía. Usé esas tres semanas para tratar de recuperar lo que había logrado y después perdí por el tratamiento, y no hablo solo del músculo ganado o de la grasa perdida, hablo de la fuerza de mi mente, de mi motivación a seguir adelante y de entender que cuando la mente se propone cumplir una meta, el cuerpo solo tiene que seguir la instrucción.

En esta ocasión la meta no es entrenar más duro, no es ganar más músculo, no es evitar vomitar, no es resistir las náuseas diarias y constantes, no es caminar 25 minutos diarios sin disfrutar el paisaje rumbo al hospital, no es lograr recorrer ese pasillo azul sin darme la vuelta y salir corriendo; esta vez la meta, el reto, es sobrevivir a una cirugía que augura ser una batalla sinigual. Esta vez la lucha es contra mi propio cuerpo, contra la anestesia, contra el bisturí pero sobre todo contra esos órganos que puedan querer rendirse mientras mi mente les dice que no lo hagan, que sigan luchando, que vamos a estar bien y dejaremos atrás esta terrible experiencia.

No sé qué va a pasar en la cirugía, no sé al final la gravedad de la misma, no sé incluso si sobreviviré, pero si puedo compartirles queridos lectores que ESTOY LISTO, que mi mente y mi cuerpo están en la forma que deben o pueden estar para librar la batalla final, que llego a este momento tan definitorio preparado y entrenado. Se preguntarán si tengo miedo; por supuesto que lo tengo. No solo miedo, terror a lo que viene, una sensación de temor que nunca había sentido antes, probablemente porque nunca había jugado con mi vida a un nivel tan grave.

Sí, tengo miedo, sí me preocupa lo que pueda pasar, sí me niego a dejar este mundo todavía. Pero ese miedo no nos vence, estoy listo! Confío en Dios y mi abuelita que podré volver a escribirles en unos días, que podré hablar de la batalla que viene y decir que fui el vencedor. Como le digo a mi esposa, NO voy a ningún lado. ESTOY LISTO.

Mario

Abril, 2017