Cuando me di cuenta que Mario tenía cáncer, fue en una serie de momentos, no se digiere en uno solo. Tal vez los demás sabían desde la primera prueba a donde nos iba a llevar la serie de estudios adicionales que vinieron después; pero a diferencia de mi esposo, en mi familia no hay antecedentes de cáncer – por lo menos no hasta los 60, 80, 90 años – entonces mi experiencia en ese momento dictaba que para mi esposo de 35 años todo iba a estar bien. Sí, encontraron algo fuera de lo normal, pero no iba a ser nada. No me imaginaba en este primer momento que al final del proceso que iniciaba con esa primera prueba, nos encontraríamos en una sala de quimioterapia.
El segundo momento fue cuando me habló Mario saliendo de una cita con el doctor – yo me encontraba en Washington, DC dónde seguía viviendo después del año que habíamos pasado juntos en esa ciudad por su maestría – y me dijo, “es un tumor.”
“Ok,” pensé yo, “sí es un tumor, pero aún no sabemos nada acerca de él. Tal vez no sea maligno. Tal vez no sea nada.” Me ha contado después Mario que a partir de ese momento él ya sabía lo que le esperaba, pero yo aun no me daba cuenta.
Cuando yo me di cuenta fue en un jueves dos semanas después. Fue en la tarde, y Mario estaba saliendo de su ultima prueba. Me marcó y me dijo, “Ya tengo el diagnostico. Es cáncer, etapa IIA.” Este fue el momento en el que se hizo real para mi. Hasta ese momento, no había aceptado que podría ser algo así de grave. Cerré la puerta de mi oficina, y me senté en mi escritorio mientras platicábamos por Facetime durante los pocos minutos que él tenía libres, y después me puse a investigar en internet exactamente que significa la “etapa IIA”.
En DC, los jueves siempre iba a una clase de ashtanga yoga después del trabajo. Las clases de ashtanga siempre siguen la misma serie de posturas. Con el tiempo, se vuelve un amigo constante – un medidor de tu progreso y estado de ánimo que te reasegura: “aquí estoy, por lo menos durante una hora y media no habrán sorpresas.” Aquel jueves, llegué con un dolor en el pecho como nada que había sentido antes y, en el transcurso de la clase, sentía como ese dolor se soltaba, se movía, y mi conciencia empezó a absorber todo lo que implicaba el diagnostico que acabábamos de recibir. Durante la sección de los arcos hacía atrás ya no aguante, me quedé acostada en mi espalda en el tapete sollozando silenciosamente, esperando no interrumpir la práctica de mis compañeros.
Aquel jueves fue el momento en que para mí todo cambió. Ya no me quedaría en DC hasta mediados de febrero – me regresaría antes para estar en los tratamientos que empezaron el último día de enero. Ya no nos mudaríamos en cuanto regresara a la Ciudad de México – ¿cómo mudarse en medio de las sesiones de radio y quimioterapia? No sabíamos cómo iba a reaccionar a los tratamientos, por lo que nos quedaríamos con mi suegra hasta que estuviera recuperado. Una vez de regreso en la Ciudad de México, mis días ya no consistirían únicamente en pasear a nuestro pero, preparar la comida y buscar a un contador. A eso, le agregaría trasladarme hasta el hospital cada día para estar allí en las sesiones diarias de radioterapia y semanales de quimioterapia.
Ahora que ya estoy de regreso en la Ciudad de México, mi tiempo libre no consiste únicamente en las comidas con amigos, los jueves de date night, los viajes de fin de semana. Si bien todas esas cosas también pasan, el corriente que subraya todo es la preocupación por mi esposo. ¿Cómo se sentirá? ¿Puedo hacer algo para que se sienta mejor? ¿En la comida, qué podrá comer o tomar que no le vaya a hacer daño? ¿Cuándo se levanta en la noche con dolor, que puedo hacer para aliviarlo? ¿Qué puedo darle de comer que no le cause nauseas? Por lo general trato de evitar los lácteos, azúcar y pan, para él era la misma dieta; ahora le digo: “no importa lo que comas; cena helado si quieres, pero cena.”
Rose
February 14, 2017
