Estamos caminando de regreso a su oficina desde el hospital. Hace calor; la sección de Ejercito Nacional donde se ubica el hospital tiene pocos arboles y no hay sombra a las 4 de la tarde. El sol se refleja sobre la pared de madera que han construido para resguardar la construcción del otro lado. Ambos estamos sudando, hasta Mario abajo de su suéter. Siempre caminamos agarrados de la mano, pero no hoy. El calor es demasiado. Ella nos ve desde unos 3 metros y nos saluda entusiasmada: “¿Cómo están? ¿Ya de regreso para quedarte para siempre en México? Mario, te ves tan delgado! Felicidades.” Antes trabajábamos juntos, los 3, hace mucho tiempo. Ella se acuerda de Mario con 10 o 15 kilos más de los que tiene – siempre ha sido difícil para él bajar de peso, hasta ahora. Caminamos en silencio después de despedirnos de nuestra amiga.
Estamos en el ascensor, ya para regresar a la casa. Dos compañeros se encuentran con nosotros; “Te ves delgado,” dice uno a Mario. “He estado yendo al gimnasio,” responde él, como si nada, con una sonrisa. “Que bien, te ves bien.” Se despiden con la mano y con una palmada en la espalda cuando el otro se baja del ascensor. Se cierran las puertas, y Mario voltea hacía mi. “A veces es tan difícil seguir sonriendo,” me dice. Cuelga su cabeza, dejándola caer sobre mi hombro, y yo le abrazo por sus hombros y le doy un pequeño masaje en la parte de atrás de su cabeza, y le digo, “pobre mi amorcito.”
¿Qué más podría decir? Esto es algo que digo con frecuencia últimamente. Cuando estamos en la casa, y se queda dormido en el sillón frente a la tele mientras ve un partido de futbol. Cuando entro a nuestro cuarto, y lo encuentro acostado sobre la cama, pálido, sin ganas y sin la fuerza para levantarse – no puedo distinguir cual es. Me siento sobre la cama y le acaricio la frente. Cada día es más pálido. Sus hombros son más estrechos, sus brazos más delgados. Pobre mi amorcito.

Estamos saliendo del hospital. Le pregunto si ha completado la radiación – si logró resistir el impulso de salirse corriendo de ese pasillo azul. Me dice que sí, “por poco.” Veo su cara y me doy cuenta que no es broma, no sonríe y su expresión es completamente seria. “No deberíamos estar aquí,” me dice. “¿te refieres a que no deberías estar enfermo?” “Sí, no es justo.”
No, no es justo. Pero a veces la vida no se trata de lo que es justo. A veces las cosas solo pasan. A veces pasan cosas malas, muchas cosas malas, a gente buena que no sabe que ha hecho para merecer su castigo. Pero las cosas que pasan en la vida no deben de ser justos, o injustos, y su objeto no es ser un castigo, solamente SON y nos queda una única opción: lidiar de cualquier forma que podamos.
Entonces le digo, “pobre mi amorcito,” y le envuelvo en mis brazos y deseo con todo mi corazón que pudiera quitarle, de alguna manera protegerlo, de todo ese dolor. Hago su comida cada día, la llevo al hospital, espero en los sillones negros de piel a que emerja del pasillo azul. Me quedo cerca de su oficina en la tarde, por si algo se ofreciera, y después regresamos juntos a la casa. Hago quesadillas para cenar y le digo lo orgullosa que estoy cuando logra comerse 2, sin hambre y a pesar de las nauseas. Me quedo parada en la cocina, comiendo helado directo del envase, y de pronto me doy cuenta lo duro que debe ser para él enfrentar esto con una sonrisa – los síntomas de los tratamientos son cada vez más evidentes; los amigos quienes creen apoyar, lo felicitan por seguir en pie– y se rompe un poco más mi corazón.
Rose
February 22, 2017
