La Cuarta

4 semanas completas de tratamiento, lunes a viernes; 24 horas de náuseas: solo 3 a 4 horas sueño; levantarme de 5 a 6 veces por las noches. 4 semanas de desgaste, de preocupación, de inquietud.

El tratamiento sigue siendo más pesado conforme pasan los días. El cansancio se acumula; el cuerpo no logra recuperarse del todo con los pocos días de descanso. Cada vez hay más muerte por dentro; más células que se pierden, glóbulos blancos que disminuyen, kilos que se pierden, órganos adicionales que se afectan.

Uno de los golpes más duros de esta cuarta semana fue tener que perder mi entrenamiento. Me quedé sin B-63 hasta que se termine el tratamiento. Mientras me inyectaban los químicos, el lunes 20 de febrero, el doctor nos informaba que mis plaquetas (encargadas de la producción de glóbulos blancos y de regular la coagulación de la sangre) estaban en números preocupantes. Del nivel de plaquetas que un cuerpo sano debe tener, yo tenía menos de la tercera parte.

Me informaron de los riesgos fuertes de hemorragias, heridas abiertas y lesiones que el cuerpo no podría detener o curar ya que su producción de las células que ayudan a la coagulación estaba sumamente disminuida. La consecuencia: cualquier esfuerzo mayor podría detonar una hemorragia, externa o aún más grave, interna, que podría ocasionarme muchas complicaciones y, por este motivo, me ordenaron dejar de acudir a mis entrenamientos diarios.

Como recuerdan, B-63 se volvió una motivación para mí. Un aspecto de mi vida que me ayudaba a mantenerme frío, objetivo, con la mente fija en el resultado; una forma de demostrarme que mi cuerpo y mi mente pueden alcanzar metas que parecían imposibles. En ese momento me di cuenta, nuevamente, que estoy enfermo; que aunque quiera, intente y me aferre con todas mis fuerzas, NO puedo vivir mi vida “normal” como si nada estuviera pasando. Mi cuerpo me demandaba descanso y yo no quería escucharlo. Estaba tan enfocado en tratar de vivir una vida “normal”, que perdí de vista las señas que mi cuerpo daba pidiendo una pausa en los esfuerzos excesivos a los que lo sometía.

Fue ahí cuando caí en la cuenta que el concepto “normal” es mucho más fuerte de lo que quería reconocer. La carga que conlleva la palabra va más allá de su simple significado lingüístico. Escuchamos la palabra y de inmediato pensamos en ese contexto que tenemos precargado de qué debe ser o es “normal”. Ser sano es normal? Hacer ejercicio es normal? Ser alto, bajo, blanco, moreno, católico, casado, gay, es eso normal?

Estoy sometido a uno de los tratamientos más agresivos que ha creado el hombre para tratar una enfermedad, y no me refiero solo al tipo de quimioterapia que me dan, o si además está combinado con radioterapia. Lo que intento transmitir es que el tratamiento del cáncer es en sí mismo el más agresivo que existe. Se trata de inyectar a una persona una serie de químicos enfocados a matar las células cancerígenas, pero lo que muchas veces ignoramos es que las células enfermas comparten prácticamente la misma estructura genética que nuestras demás células. Entonces, la idea del tratamiento es matar todas aquellas células que se comportan como las cancerígenas, lo que implica que poco a poco, día a día, también nos matan a nosotros por dentro, con la esperanza de que las células de cáncer mueran antes que el resto del cuerpo. A eso se resume el tratamiento: a jugar con la combinación de químicos que sean más agresivos con las células cancerígenas que con nuestras demás células, esperando que las primeras mueran antes que las segundas, y así podamos sobrevivir el tratamiento.

Cuando me di cuenta de eso, necesariamente tuve que aceptar que para mí, en este momento, sentirme cansado, triste, desganado, no poder hacer ejercicio, sufrir de plaquetas bajas, eso es lo “normal”. Tratar de vivir mi vida como si nada estuviera pasando; tal vez era simplemente un mecanismo de defensa para tratar de ignorar una realidad que nunca quise que me llegara. Tengo cáncer y sufrir los efectos del tratamiento es NORMAL.

Después de este duro golpe y ejercicio de aceptación, llegó, como siempre pasa, la calma. Entendí que es NORMAL que no pueda hacer ejercicio; normal que tenga náuseas todos los días a todas horas; normal que mi esposa, mi mamá, mi familia y mis amigos se preocupen todos los días por cómo estoy; normal que la gente que sabe por lo que estamos pasando esté pendiente y busque aportar, aunque sea un granito de arena, a nuestra recuperación, bajo cualquier medio o de la forma que cada persona tiene para mostrar su apoyo.

Entendí porque ya no disfruto de esos 20 minutos que camino todos los días de mi oficina al hospital para recibir mis tratamientos. Entendí porqué, a pesar de tener la fortuna de trabajar en mi zona favorita de la ciudad, llena de restaurantes, centros comerciales, parques, gente, mascotas, alegría, música, bares y ambiente, ya no me causaba la misma reacción de felicidad al pasar todos los días. Entendí que el hecho de que la gente pase junto a ti en sus vehículos, bicicletas o caminando, ignorando por completo lo que estás viviendo y probablemente sin importarles siquiera, es NORMAL.

Pero esa normalidad también me abrió los ojos a otra realidad que había dejado de lado, a pesar de que siempre pensé que por mi personalidad nunca lo perdería. Hablo de la empatía; esa característica humana que nos permite identificarnos con el sufrimiento, las preocupaciones, motivaciones y emociones de los otros. En esos 20 minutos que camino diario – por convicción, no por necesidad -, he aprendido a apreciar los pequeños detalles que muestran empatía entre nosotros. Por qué una persona muestra agradecimiento a un conductor o un ciclista que se detiene para concederles el paso mientras cruzaba una calle; o aquélla persona que se detiene simplemente a decir “buenas tardes”; esa persona que se toma 5 minutos más de su ocupado día para ayudar a otra a cruzar la calle o a recoger algo que se cayó. En ese momento, te das cuenta que esa característica, que cada vez es más escasa, es algo que nos puede llevar a apreciar el mundo mejor y a hacerlo mejor.

He visto que no es necesario que cada persona que sabe lo que estoy pasando, o que lea estas líneas, o que se interese en mi caso, muestre empatía. Esos 20 minutos diarios me han ayudado a apreciar con todo el cariño, la empatía que tantas personas me han mostrado hasta ahora, día a día.

La cuarta semana definitivamente ha sido la peor hasta ahora, los miércoles y jueves siguen siendo los más pesados, ya que es cuando el tratamiento está en su mayor punto de efectividad. Pero a su vez, son los días en que el apoyo más presente está.

Entro a las dos últimas semanas del proceso inicial para combatir al cáncer con la esperanza recargada, con la ilusión renovada de pensar que el final puede estar cerca. Las fuerzas y la motivación no se renuevan del todo, pero aquí seguimos, en esta lucha diaria para llegar a nuestra meta final, que solo quede uno, NOSOTROS.

Mario

Marzo 1, 2017