De vuelta al ruedo

Han transcurrido 4 semanas desde que concluyó el tratamiento, un mes desde aquél 11 de marzo a la 1 de la tarde que vi por última vez ese pasillo azul, espero con todas mis fuerzas y mi fe sea así.

Durante las 4 semanas que han transcurrido me tuve que someter a revisiones médicas físicas, análisis de laboratorio, estudios, tomas de muestras de sangre, controles. Aun así agradecí cada día que no me inyectaron la quimioterapia, que no me radiaron y que no tuve que ingerir las desagradables pastillas también de quimioterapia.

Tuve oportunidad de retomar energías, de sanar mi cuerpo y mi mente (tal vez no al 100 pero muy cerca), de retomar mi vida casi al punto de olvidarme que alguna vez tuve cáncer o que tal vez aun esté ahí. Estas 4 semanas han sido maravillosas para darme cuenta que sí podemos sobrevivir al tratamiento y que nuestro cuerpo es más fuerte de lo que creemos; que nuestra mente aunque a veces nos traiciona, al final siempre está ahí lista para seguir adelante y dar lo mejor de nosotros; para felizmente confirmar que ese cambio que el cáncer causó en mi vida no fue momentáneo, que no pasará y será solo una oportunidad más que no tomé.

Me sigo aferrando a la vida; a los momentos que se nos presentan en el día a día y que muchas veces no nos importa ver; a mi esposa que siempre está ahí, presente y atenta como si aún viviéramos esos terribles días que nos hicieron cuestionar el resultado del tratamiento; a mi mamá, de quien su amor crece cada día y ahora por lo menos sonríe y trata de mantenerse positiva al ver que aquí sigo y que sobreviví el tratamiento; a mi familia, que aun cuando las 9 semanas de tratamiento ya terminaron siguen pendientes y cuidándome; a mis amigos, cuyas muestras de apoyo no disminuyen ni cambian, por el contrario, ahora cada abrazo, cada saludo, cada momento y cada cerveza que compartimos se disfruta más porque nos dimos cuenta que no tenemos nada garantizado, que la vida puede irse de las manos en cualquier momento, entonces queremos disfrutar y aferrarnos a esos pequeños momentos que SÍ tenemos con nuestra gente.

Hace un par de semanas tuve una cita con el doctor de cabecera a cargo de mi tratamiento, el objetivo era ver cómo estaba y programar el siguiente paso, ese que traté de evitar, ese que pedía a diario no llegara: la cirugía. El doctor empezó como en todas las citas, señalando lo bien que me veía y lo “saludable” que parecía, casi como si no tuviera nada, como si la quimioterapia y la radioterapia no hubieran sido aplicadas; “ya me informaron los demás doctores lo bien que recibió el tratamiento, estamos todos sorprendidos por la buena respuesta que presentó”. El doctor sigue hablando de usted a todos, podemos decir que es de la vieja guardia, de esa cultura del respeto y formalidad extrema que en ocasiones extraño, mientras en otras agradezco vivir en tiempos más modernos.

Después de la plática inicial, de los comentarios sobre lo bien que estaba, de esperanzarme con esa pequeña posibilidad de que la cirugía pudiera ser evitada, cayó el balde de aguahelada, prácticamente hecha hielo. “Hay que programar la cirugía, yo creo que lo opero en dos semanas”, nos dio la fecha y la hora. ¿Por qué? ¿Cómo? No hace sentido! Eran las frases y preguntas que volaban en mi mente. Si me veo bien, si respondí al tratamiento de forma “excelente”, si el tumor ya se redujo más del 80% y la quimioterapia va a seguir haciendo efectos ¿porqué necesito tener la cirugía de todas formas?

Entendí que siempre habrá cosas que no alcanzaremos a entender, ya sea porque Dios no quiere que las entendamos o simplemente porque es su forma de enseñarnos, o simplemente porque los doctores creen que son dioses y pueden hacer prácticamente lo que quieran con nuestras vidas y nuestro cuerpo; al final del día ellos son los expertos y ¿cómo vamos nosotros, simples mortales, a cuestionar sus designios? “Va a ser una cirugía muy fuerte,” me dijo, debe prepararse como si fuera a correr un maratón. Su referencia no iba encaminada a que correr un maratón sea el reto más fuerte que puede enfrentar una persona, en muchos aspectos creo que nuestro “maratón” es mil veces más pesado, más riesgoso y en ocasiones con menos expectativas de llegar a la meta.

Pero entendí la referencia; mi cuerpo, mi mente y mi alma tenían que estar listos para una cirugía de esas magnitudes. Debía entrar preparado para sobrevivir y para pelear, una vez más por vencer a ese maldito cáncer que hubiera deseado nunca tener. Pregunté si podía regresar a B-63, como recuerdan, junto con mi casa, ese salón sudoroso, lleno de equipos para entrenar, de la gente que a las 7 de la mañana me recibe con un gusto enorme, se volvió mi santuario y mi refugio. Afortunadamente la respuesta fue afirmativa. Es más, fue motivada por el doctor, quien me dijo que el ejercicio me iba a ayudar a preparar tanto mi cuerpo como mi mente, el alma o el espíritu. Ese era el trabajo de la gente que me rodea, eran esas personas que nos aman quienes me prepararían para esta nueva batalla.

Cumplí tres semanas completas entrenando, llevando mi cuerpo al límite, haciendo mi mente fuerte al reto y al dolor del cuerpo cuando me decía que me detuviera, pero mi mente no me lo permitía. Usé esas tres semanas para tratar de recuperar lo que había logrado y después perdí por el tratamiento, y no hablo solo del músculo ganado o de la grasa perdida, hablo de la fuerza de mi mente, de mi motivación a seguir adelante y de entender que cuando la mente se propone cumplir una meta, el cuerpo solo tiene que seguir la instrucción.

En esta ocasión la meta no es entrenar más duro, no es ganar más músculo, no es evitar vomitar, no es resistir las náuseas diarias y constantes, no es caminar 25 minutos diarios sin disfrutar el paisaje rumbo al hospital, no es lograr recorrer ese pasillo azul sin darme la vuelta y salir corriendo; esta vez la meta, el reto, es sobrevivir a una cirugía que augura ser una batalla sinigual. Esta vez la lucha es contra mi propio cuerpo, contra la anestesia, contra el bisturí pero sobre todo contra esos órganos que puedan querer rendirse mientras mi mente les dice que no lo hagan, que sigan luchando, que vamos a estar bien y dejaremos atrás esta terrible experiencia.

No sé qué va a pasar en la cirugía, no sé al final la gravedad de la misma, no sé incluso si sobreviviré, pero si puedo compartirles queridos lectores que ESTOY LISTO, que mi mente y mi cuerpo están en la forma que deben o pueden estar para librar la batalla final, que llego a este momento tan definitorio preparado y entrenado. Se preguntarán si tengo miedo; por supuesto que lo tengo. No solo miedo, terror a lo que viene, una sensación de temor que nunca había sentido antes, probablemente porque nunca había jugado con mi vida a un nivel tan grave.

Sí, tengo miedo, sí me preocupa lo que pueda pasar, sí me niego a dejar este mundo todavía. Pero ese miedo no nos vence, estoy listo! Confío en Dios y mi abuelita que podré volver a escribirles en unos días, que podré hablar de la batalla que viene y decir que fui el vencedor. Como le digo a mi esposa, NO voy a ningún lado. ESTOY LISTO.

Mario

Abril, 2017