El último round / Round 12 – K.O.

Sonó el despertador a las 7:15 de la mañana del lunes 16 de octubre de 2017. Vi mi teléfono, pensé en no salir de la cama. Después de un par de minutos me logré convencer a mi mismo que era tiempo; sabía que ese día llegaría y que incluso debería estar contento, feliz, orgulloso.

Entré a la regadera, me bañé y me preparé para el día, proceso que tomó más tiempo de lo que normalmente invierto. Después me puse mi traje, besé a mi esposa de despedida y fui a la cocina a prepararme el desayuno (cereal, nada más elaborado que eso). Comí con cierta extrañeza y con mi mente muy lejos de la mesa del comedor. Besé a mi mamá de salida de la casa y tomé el taxi para la oficina.

Ese 16 de octubre era el día de la última sesión de quimioterapia inyectada. Había logrado llegar al round 12 de esta batalla que parecía no terminar. Ese día marcaría el resto de mi vida, como lo hizo el 4 de enero cuando el doctor me dio el diagnóstico; el día en que el cáncer etapa 3 y yo nos veríamos en el ring para definir quién saldría triunfador, si el knock out se lo llevaría Él o yo.

Cuando el reloj marcó las 2:30 de la tarde, salí de mi oficina. Durante el camino pensé, en más de una ocasión, en dar la vuelta y retirarme; en tirar la toalla y dejar que todo se fuera a la mierda. Me abrumó el coraje, el dolor y la impotencia. Todos los que me quieren y han seguido, o tal vez debería decir sufrido, este largo proceso conmigo tenían palabras de apoyo, de ánimo, de orgullo. Sus muestras de cariño durante este día no pararon. Me querían demostrar que lo había logrado, que por fin estaba dejando esta terrible etapa atrás. En mi mente era diferente; la batalla seguía tan constante y tan dura como cada día anterior a ese 16 de octubre.

No podía ni quería aceptar que debía estar contento, orgulloso y hasta feliz por haber llegado al último round, a la última batalla entre el maldito tratamiento y yo (recuerden que maldigo el tratamiento por el dolor y el daño que nos causa, no por el tratamiento en sí mismo, cuya única finalidad es tratar de salvar la vida). En la radio escucho un anuncio sobre el aumento en México (y en el mundo) de los casos de cáncer y la tasa de mortalidad. Me doy cuenta que soy parte de esa estadística, y que lo seré por el resto de mi vida. El enojo, la frustración, la desesperación y la flaqueza me vuelven a invadir. Vuelvo a pensar en dar marcha atrás y dejar que TODO se vaya a la mierda.

Mi esposa me manda mensajes; me avisa que ya va en camino, que pronto la veré para comer algo antes de entrar al ring para esta última batalla. Sabe lo que pienso y lo que siento. Pudo ver en mis ojos desde esa mañana mi miedo, mi tristeza, depresión, mis ganas de renunciar, y mientras comemos hace todo lo posible por alejar esos pensamientos de mi mente.

Llegamos al hospital, hacemos los trámites de mi ingreso para prepararme y después estoy listo para la pelea. Las enfermeras, el doctor, el personal del hospital, todos me reciben con una sonrisa, me dan ánimos, “es la última, lo lograste”. Mi mente sigue a mil pies de altura pensando, tratando de entender, discutiendo conmigo mismo, ¿cómo llegué aquí?, ¿por qué me pasó esto?, ¿ de verdad soy tan mal ser humano que merecí pasar por esto y estar al borde de la muerte?. Regreso a la sensación de injusticia y coraje.

Mi esposa y mi mamá me acompañan. Están ahí cada minuto y cada segundo pendientes de cómo estoy. Hablan con el doctor, preguntan sobre mi estado de salud, y lo más importante: lo que viene después de esto. Tratan de pensar positivo, de creer y tener fe en que es la última vez que sabremos de esto y que pasaremos por esta desgastante experiencia.

Al ver cómo se aferran a este pensamiento, a esa fe y a la esperanza de que el cáncer nunca más vuelva, recuerdo: estoy en la batalla; soy YO el que está peleando; solo YO puedo salvarme; solo YO puedo llegar a esa última campanada del último round y salir victorioso. Retomo las fuerzas, me doy cuenta que esta batalla, así como el desgaste que trae el cáncer consigo, no es solo mía; que yo peleo por mi esposa, por mi mamá, por mi familia, por mis amigos y por toda la gente que me quiere. Pero también peleo por todos y cada uno de los que padecemos el cáncer, porque cada pelea ganada por uno de nosotros es una esperanza para los que siguen en la batalla. Porque cada caso de éxito de los enfermos de cáncer es un estudio más que permite a los doctores tener tratamientos más eficientes. Porque cada paciente de cáncer está ahí conmigo en ese ring, en ese último round, tal y como estoy con ellos cuando están recibiendo sus tratamientos y peleando por resistir y sobrevivir.

Porque sí, somos una estadística, pero también somos personas que por azares del destino ahora formamos parte de una comunidad a la que nadie quisiera pertenecer, ni siquiera nosotros. Y eso nos une; nos crea un vínculo, un sentimiento en común, una meta y un objetivo final que todos compartimos: SOBREVIVIR y vencer al cáncer. En ese momento me doy cuenta que yo peleo por todos ellos, y todos ellos pelean por mí, que la batalla contra el cáncer no es de uno sino de todos, y que unidos somos más fuertes y podemos lograr ese fin común.

Campanada final, se terminó el round, YO salí vencedor. Aquí sigo y mi vida seguirá, porque nunca antes fue tan cierto que mi historia apenas comienza!

No importa cuántas veces nos caigamos. No importa cuántas veces rompí mi regla de los 30 minutos; no importa cuántas veces grite y lloré; cuántas veces me caí y quise renunciar, simplemente dejar de luchar y que todo se fuera a la MIERDA. Al final, siempre estuvo presente la filosofía de mi esposa: no importa cómo llegues, lo importante es llegar. Solo hay un camino y ese es a través de las pruebas que la vida nos pone. Sufrí, lloré, me deprimí, grité, odié, me caí, casi me rendí, pero al final puedo decir que el objetivo se logró, no importa cómo ni qué tengamos que pasar en el proceso, el punto era llegar a la meta y ese objetivo se logró.

Ahora, mientras estoy en mis últimas dos semanas de tratamiento (tomando las malditas pastillas de quimioterapia para completar el ciclo), pasando malos ratos, sintiéndome mal, queriendo vomitar, resistiendo, por fin ha llegado a mí esa tranquilidad de haber superado esta batalla y poder decir que YO gané.

Solo me queda esperar; aferrarme a la idea que todo este largo y doloroso proceso fue un éxito y que los siguientes 5 años de seguimiento constante y observación, culminarán con una cura total; que al terminar los 5 años siguientes el doctor por fin me dirá “lo lograste”. Cuando ya fuiste tocado por el cáncer, las posibilidades de que regrese a tu vida son mucho más altas que para todos aquellos que tienen el privilegio de no vivirlo, pero aun con esa estadística me aferraré a que la batalla terminó y yo gané, que el cáncer no regresará a volver a poner en pausa mi vida y a pasar cada día con la esperanza de poder llegar al siguiente.

Nuevamente gracias por permitirme compartir mi historia. Gracias por leerme y seguirme en este proceso. Gracias por ser un apoyo adicional a la distancia que me permitió desahogarme, platicar y sobre todo compartir. La batalla contra el cáncer no es solo de los que estamos enfermos, entonces hagámosla juntos y sobrevivamos juntos. Gracias especiales a mi esposa y a mi mamá por aguantar cada día junto a mí, por ser mi fuente de inspiración y de fuerza para seguir luchando. Gracias por soportar mis cambios de humor, mis momentos de debilidad, mis momentos de coraje, pero sobre todo gracias siempre por AMARME todos los días por sobre todas las cosas. Esta victoria es tanto mía como de ustedes. Gracias por mantenerme vivo.

 

Mario

Octubre 2017

El saldo a la fecha

Esa mañana del 12 de mayo el tiempo se detuvo. Por fin había llegado la fecha tan esperada y anticipada por mí, por mi esposa y por mi familia, no por razones felices, pero todos sabíamos que iba a llegar. Desperté a las 2 de la mañana, me detuve mirando el techo sin poder conciliar el sueño otra vez, logré dormir nuevamente como a las 3:30 de la mañana solo para abrir mis ojos nuevamente a las 4, así comenzó el día.

A las 9:30 de la mañana iniciamos el camino hacia la recepción del hospital para hacer mi ingreso. Me acompañaban mi esposa, mi mamá, una de mis tías, una de mis primas y su prometido. En el hospital y algunos minutos después nos alcanzaron mi tía, mi tío y mi primo, quien me había acompañado a las sesiones de quimioterapia todos aquellos lunes.

Era el momento que siempre supimos llegaría pero que no por eso deja de ser la culminación de todos los miedos, nervios y fantasmas que cada uno tiene sobre lo que puede pasar en una cirugía. La doctora que me operaría en todo momento nos infundió seguridad y tranquilidad, es básicamente la mejor cirujana que hay para el tipo de tumor y zona en donde se localizaba el cáncer que yo combatía. No por eso deja de ser el momento más temido por todos, o al menos por mí. No dejaba de preguntarme qué pasaría si no despierto; si nunca más puedo volver a la gente que amo; qué pasaría si algo sale mal en la cirugía y el resultado no es el esperado; qué pasaría si…

Nos habían anticipado que la cirugía duraría 6 horas o más. Después de muchos tropiezos, discusiones y llamadas, el seguro había aceptado cubrir la cirugía robótica que es el método más recomendado para el tipo de operación a la que sería sometido, y la que luché por tener ya que me daba más tranquilidad de que lograríamos el resultado buscado.

A las 5:30 de la tarde sonó el teléfono de la habitación donde estaba internado, “Ya en breve te bajamos a quirófano” dijo la voz de la enfermera al otro lado de la bocina. Que tan breve sería esa espera no lo sabíamos en ese momento. A las 6 de la tarde entró una enfermera al cuarto y empezó a preparar todo, el momento había llegado, ya no había marcha atrás, no había nada que hacer más que aferrarme a mi fe, confiar en la mano de Dios y agradecer a todos los que me acompañaban por su presencia y cariño. Para ese momento el cuarto estaba lleno, éramos más de 15 personas en el cuarto, todos para mí, todos por mí, todos apoyándome a mí, con sus fantasmas y miedos pero ahí. Nunca he podido quejarme de tener mucho cariño alrededor, Dios me ha bendecido siempre con amor por parte de mi familia y con tener muchos y grandes amigos que me quieren, eso se lo debo a mi abuelita que me enseñó a hablar hasta con las piedras y a tener un carácter muy amigable, al menos eso creo yo.

Mientras empujaban la camilla hacia fuera del cuarto, cada uno de los que estaban conmigo me dio un beso, un abrazo, una palabra de aliento, ánimos para aguantar lo que venía. Las últimas en despedirse temporalmente fueron mi mamá y mi esposa. Las dos me abrazaron, me dieron un beso y trataron de sonreír y de decirme que todo estaría bien, que me verían en breve cuando saliera de la cirugía. Ninguna podía ocultar el miedo a lo que podría pasar, mi esposa fue tan dulce al tocarme y decirme que me amaba que no pude evitar que el corazón se me rompiera un poco pensando en que pudiera ser el último beso y la última vez que la viera. Tengo que decirles que esa posibilidad no era algo real según los doctores, la cirugía iba a ser una masacre, iban a cortar gran parte de mi cuerpo, iban a mutilarme por dentro y a extirpar todo lo extirpable cercano a donde estaba el tumor, pero aun así no había riesgos de que no sobreviviera la cirugía. La doctora estaba segura de ello. Eso no implicaba que yo no muriera de miedo de algo tan grave. Supongo que nunca se sabe lo que realmente se sufre antes de la cirugía hasta que estás en esa situación.

Cuatro horas y media después estaba de vuelta en el cuarto del hospital, apenas despertando de la cirugía y bastante mareado por los analgésicos que me estaban administrando para que no sintiera el dolor que mi cuerpo experimentaba en ese momento. Ni bien estuve un poco consciente, mi esposa y mi mamá me dieron el reporte que la doctora les había compartido después de la cirugía y mientras yo estaba en la sección de recuperación.

Habían quitado todo lo necesario, no habían encontrado ningún rasgo de tumores fuera de la zona en donde estuvo localizado desde un inicio, y aún mejor, el tumor prácticamente había desaparecido y era muy pequeño al momento de quitarlo de mi cuerpo. Hubo complicaciones durante la cirugía, la doctora tomó las decisiones que consideró pertinentes para cumplir con su objetivo principal, salvar mi vida. No se preocupó por la funcionalidad de mi cuerpo ni mucho menos por la estética, ese es el protocolo de todos los oncólogos, primero la vida, después la función y por último la estética.

No pude evitar enojarme, reclamar, llorar y gritar por el coraje. Quienes son los doctores para tomar decisiones tan importantes y que te marcarán de por vida sin siquiera consultarte. Por qué tienen ellos el derecho a determinar cómo vives y que tipo de vida tendrás en los próximos meses, años o de por vida mientras uno está dormido. Con qué justificación pueden ellos decirte al despertar “Tuve que dejarte estos tubos, estas conexiones, quitarte esto o lo otro, porque decidí que era lo mejor”. ¿Lo mejor para quien, para el doctor que toma la decisión, para el oncólogo que determina hasta donde puede mutilar tu cuerpo con tal de “salvar” la vida del paciente?

Desde ese fatídico enero cuando recibí por primera vez la noticia de que tenía cáncer he descubierto que con esta enfermedad no hay ninguna estabilidad, todo es incertidumbre y todo es un proceso de superación y frustración constante. Cuando crees que ya superaste una parte, llega algo que te sacude el piso nuevamente, que te hace pensar y renegar de la vida, que te hace odiar a tu cuerpo por haber permitido que el cáncer se desarrollara. Porque sí, el cáncer es una enfermedad personal, tú mismo la provocaste y tú mismo tienes que superarla, son nuestras propias células las que nos traicionaron y enfermaron.

Mientras trataba de digerir y aceptar el resultado de la operación, que me dejó parecido a Robocop -recuerdan a ese policía reconectado por tubos y mangueras que le permitían a su cuerpo funcionar y moverse-, llegó el momento de la consulta de revisión con la doctora, en donde nos darían además los resultados del análisis de patología posteriores a la operación, el resultado del que dependería el resto de mi vida.

Ni mi esposa ni yo hablamos mientras nos dirigíamos al hospital, más que para dar direcciones sobre cómo llegar. Ambos sabíamos lo que implicaba ese día y lo que la noticia que nos dieran podía marcar nuestras vidas. Cuando llegamos mi madre ya estaba en la sala de espera. Mis tubos colgaban de mi cuerpo mientras yo caminaba en círculos esperando que nos llamara la doctora. Para ese día ya estaba harto de las circunstancias en las que me había dejado la cirugía y apenas habían pasado 5 días. Ya quería que me quitaran los tubos, que me reconectaran todo, que cerraran las heridas que dejaron abiertas y que durarán 8 semanas. Ninguna de mis peticiones de terminar el proceso antes hizo eco en la doctora, su respuesta fue un crudo “tenemos que seguir los tiempos que marcan los protocolos, seguirás con esas heridas abiertas por 8 semanas”.

Sin embargo, a pesar de lo dura y cruda que la doctora tiene que ser, ese día nos cambió la vida. Ese día todo cambió. Ese día marcó el inició de lo que sí será una nueva vida para mí. Amigos, SÍ se pudo, sí hubo un único sobreviviente al final, sí se terminó la pesadilla. El cáncer se había ido, todos los resultados de patología fueron negativos, el tumor se había extirpado favorablemente y había recudido su tamaño en más de un 90%. No encontraron marcas en ninguna otra parte del cuerpo ni hubo ningún otro ganglio infectado. La doctora sonrió, tomó un respiro mientras veía las caras de felicidad extrema de mi esposa, de mi mamá y mía, para decir al final “Mario, felicidades, estás curado, lo lograste”. Esas palabras resonarán por siempre en mi cabeza desde ese día. Valió la pena todo el sufrimiento, todos los tratamientos, las náuseas diarias y constantes, los mareos, la falta de apetito, la frustración, el maldito pasillo azul, al final, todo se hizo de forma correcta y funcionó… las decisiones duras de los doctores involucrados en mi caso lograron su objetivo, erradicar el cáncer de mi cuerpo.

Aún tengo que superar las semanas de recuperación, todavía tengo que esperar a que me cierren, es más, todavía tengo que superar 4 sesiones más de quimioterapia que el oncólogo determinó eran necesarias, para “asegurarnos y prevenir cualquier cosa” nos dijo. Pero todo esto lo superaré curado, con una victoria en la mano y sabiendo que sí se puede. La mente, el cuerpo, el espíritu, la fe son más fuertes de lo que creemos y pueden lograr hasta los milagros más grandes que podemos pensar, pueden curarnos de uno de los mayores males conocidos por el hombre, pueden combatir y más importante, ganar la batalla contra el cáncer, obviamente ayudados por los maravillosos doctores y los horribles tratamientos, pero ni los primeros ni los segundos pueden funcionar sin nuestra voluntad de acero que nos lleve paso a paso, día a día, minuto a minuto con la fuerza y la mente enfocados a superar esta terrible enfermedad.

No es crítica a los doctores, a quienes les estaré eternamente agradecidos por salvar mi vida, pero siempre encuentran la forma de ser los protagonistas finales y de disminuir la felicidad que podemos sentir antes resultados tan positivos como los que acabo de compartir. Sí estoy curado, sí salió todo de maravilla en cirugía, sí el tratamiento fue efectivo, sí mi cuerpo fue una roca para aguantar todo, aun así es necesario someterme a dosis adicionales de quimioterapia. 4 sesiones más para asegurarse de matar cualquier residuo que pudiera haber quedado. No importa que la cirugía y los resultados de patología arrojen y garanticen que ya no hay nada, no está demás asegurarnos con más quimioterapia. Es muy fácil tomar esas decisiones cuando no es tu cuerpo el que está en juego, cuando no es el doctor el que se someterá a 4 sesiones más de tratamiento que me tendrán con náuseas, mareos, dolores, falta de apetito, frustrado… todo esto, para asegurarnos que algo que ya estamos seguro ya no está, se vaya por completo.

La parte que me más me frustra y preocupa, es que por el resultado de la cirugía y mi calidad de robocop, no puedo hacer ejercicio, no puedo correr, no puedo saltar, mucho menos levantar pesas, mi B-63 que era mi refugio para ayudarme a mantener la mente fría y a levantarme todos los días dispuestos a superar una sesión más de quimioterapia está fuera del mapa hasta que me cierren las heridas que siguen abiertas. Se abre un nuevo capítulo de tratamientos que, a diferencia de la primera ocasión, no puedo anticiparles cómo será ya que mis refugios más sólidos que tenía para superarlo no estarán presentes.

Lo que sí puedo anticipar, es que superar 4 sesiones más sabiendo que el cáncer se ha ido por completo debe hacer una diferencia en cómo sobreviviré estos nuevos tratamientos. Se escribirá un nuevo capítulo, se librará una nueva batalla pero que empieza con la guerra ya ganada.

Gracias por permitirme compartir mi historia, gracias por leerme y seguirme en este proceso. Gracias por ser un apoyo adicional a la distancia que me permitió desahogarme, platicar y sobre todo compartir. Espero este blog siga ayudando a aquellos que sufren, han sufrido o conocen a alguien que pueda necesitar palabras de aliento y prueba de que sí se puede.

Mario

Mayo 2017

De vuelta al ruedo

Han transcurrido 4 semanas desde que concluyó el tratamiento, un mes desde aquél 11 de marzo a la 1 de la tarde que vi por última vez ese pasillo azul, espero con todas mis fuerzas y mi fe sea así.

Durante las 4 semanas que han transcurrido me tuve que someter a revisiones médicas físicas, análisis de laboratorio, estudios, tomas de muestras de sangre, controles. Aun así agradecí cada día que no me inyectaron la quimioterapia, que no me radiaron y que no tuve que ingerir las desagradables pastillas también de quimioterapia.

Tuve oportunidad de retomar energías, de sanar mi cuerpo y mi mente (tal vez no al 100 pero muy cerca), de retomar mi vida casi al punto de olvidarme que alguna vez tuve cáncer o que tal vez aun esté ahí. Estas 4 semanas han sido maravillosas para darme cuenta que sí podemos sobrevivir al tratamiento y que nuestro cuerpo es más fuerte de lo que creemos; que nuestra mente aunque a veces nos traiciona, al final siempre está ahí lista para seguir adelante y dar lo mejor de nosotros; para felizmente confirmar que ese cambio que el cáncer causó en mi vida no fue momentáneo, que no pasará y será solo una oportunidad más que no tomé.

Me sigo aferrando a la vida; a los momentos que se nos presentan en el día a día y que muchas veces no nos importa ver; a mi esposa que siempre está ahí, presente y atenta como si aún viviéramos esos terribles días que nos hicieron cuestionar el resultado del tratamiento; a mi mamá, de quien su amor crece cada día y ahora por lo menos sonríe y trata de mantenerse positiva al ver que aquí sigo y que sobreviví el tratamiento; a mi familia, que aun cuando las 9 semanas de tratamiento ya terminaron siguen pendientes y cuidándome; a mis amigos, cuyas muestras de apoyo no disminuyen ni cambian, por el contrario, ahora cada abrazo, cada saludo, cada momento y cada cerveza que compartimos se disfruta más porque nos dimos cuenta que no tenemos nada garantizado, que la vida puede irse de las manos en cualquier momento, entonces queremos disfrutar y aferrarnos a esos pequeños momentos que SÍ tenemos con nuestra gente.

Hace un par de semanas tuve una cita con el doctor de cabecera a cargo de mi tratamiento, el objetivo era ver cómo estaba y programar el siguiente paso, ese que traté de evitar, ese que pedía a diario no llegara: la cirugía. El doctor empezó como en todas las citas, señalando lo bien que me veía y lo “saludable” que parecía, casi como si no tuviera nada, como si la quimioterapia y la radioterapia no hubieran sido aplicadas; “ya me informaron los demás doctores lo bien que recibió el tratamiento, estamos todos sorprendidos por la buena respuesta que presentó”. El doctor sigue hablando de usted a todos, podemos decir que es de la vieja guardia, de esa cultura del respeto y formalidad extrema que en ocasiones extraño, mientras en otras agradezco vivir en tiempos más modernos.

Después de la plática inicial, de los comentarios sobre lo bien que estaba, de esperanzarme con esa pequeña posibilidad de que la cirugía pudiera ser evitada, cayó el balde de aguahelada, prácticamente hecha hielo. “Hay que programar la cirugía, yo creo que lo opero en dos semanas”, nos dio la fecha y la hora. ¿Por qué? ¿Cómo? No hace sentido! Eran las frases y preguntas que volaban en mi mente. Si me veo bien, si respondí al tratamiento de forma “excelente”, si el tumor ya se redujo más del 80% y la quimioterapia va a seguir haciendo efectos ¿porqué necesito tener la cirugía de todas formas?

Entendí que siempre habrá cosas que no alcanzaremos a entender, ya sea porque Dios no quiere que las entendamos o simplemente porque es su forma de enseñarnos, o simplemente porque los doctores creen que son dioses y pueden hacer prácticamente lo que quieran con nuestras vidas y nuestro cuerpo; al final del día ellos son los expertos y ¿cómo vamos nosotros, simples mortales, a cuestionar sus designios? “Va a ser una cirugía muy fuerte,” me dijo, debe prepararse como si fuera a correr un maratón. Su referencia no iba encaminada a que correr un maratón sea el reto más fuerte que puede enfrentar una persona, en muchos aspectos creo que nuestro “maratón” es mil veces más pesado, más riesgoso y en ocasiones con menos expectativas de llegar a la meta.

Pero entendí la referencia; mi cuerpo, mi mente y mi alma tenían que estar listos para una cirugía de esas magnitudes. Debía entrar preparado para sobrevivir y para pelear, una vez más por vencer a ese maldito cáncer que hubiera deseado nunca tener. Pregunté si podía regresar a B-63, como recuerdan, junto con mi casa, ese salón sudoroso, lleno de equipos para entrenar, de la gente que a las 7 de la mañana me recibe con un gusto enorme, se volvió mi santuario y mi refugio. Afortunadamente la respuesta fue afirmativa. Es más, fue motivada por el doctor, quien me dijo que el ejercicio me iba a ayudar a preparar tanto mi cuerpo como mi mente, el alma o el espíritu. Ese era el trabajo de la gente que me rodea, eran esas personas que nos aman quienes me prepararían para esta nueva batalla.

Cumplí tres semanas completas entrenando, llevando mi cuerpo al límite, haciendo mi mente fuerte al reto y al dolor del cuerpo cuando me decía que me detuviera, pero mi mente no me lo permitía. Usé esas tres semanas para tratar de recuperar lo que había logrado y después perdí por el tratamiento, y no hablo solo del músculo ganado o de la grasa perdida, hablo de la fuerza de mi mente, de mi motivación a seguir adelante y de entender que cuando la mente se propone cumplir una meta, el cuerpo solo tiene que seguir la instrucción.

En esta ocasión la meta no es entrenar más duro, no es ganar más músculo, no es evitar vomitar, no es resistir las náuseas diarias y constantes, no es caminar 25 minutos diarios sin disfrutar el paisaje rumbo al hospital, no es lograr recorrer ese pasillo azul sin darme la vuelta y salir corriendo; esta vez la meta, el reto, es sobrevivir a una cirugía que augura ser una batalla sinigual. Esta vez la lucha es contra mi propio cuerpo, contra la anestesia, contra el bisturí pero sobre todo contra esos órganos que puedan querer rendirse mientras mi mente les dice que no lo hagan, que sigan luchando, que vamos a estar bien y dejaremos atrás esta terrible experiencia.

No sé qué va a pasar en la cirugía, no sé al final la gravedad de la misma, no sé incluso si sobreviviré, pero si puedo compartirles queridos lectores que ESTOY LISTO, que mi mente y mi cuerpo están en la forma que deben o pueden estar para librar la batalla final, que llego a este momento tan definitorio preparado y entrenado. Se preguntarán si tengo miedo; por supuesto que lo tengo. No solo miedo, terror a lo que viene, una sensación de temor que nunca había sentido antes, probablemente porque nunca había jugado con mi vida a un nivel tan grave.

Sí, tengo miedo, sí me preocupa lo que pueda pasar, sí me niego a dejar este mundo todavía. Pero ese miedo no nos vence, estoy listo! Confío en Dios y mi abuelita que podré volver a escribirles en unos días, que podré hablar de la batalla que viene y decir que fui el vencedor. Como le digo a mi esposa, NO voy a ningún lado. ESTOY LISTO.

Mario

Abril, 2017

El Descanso

Las últimas dos semanas de tratamiento fueron una avalancha de sentimientos, tanto físicos como emocionales.

El dolor era constante, las náuseas más graves que nunca, presión en el estómago todo el tiempo, cansancio al grado de poder quedarme dormido frente a la computadora mientras escribía, o simplemente de pie platicando con alguien, levantarme al baño hasta 7 u 8 veces durante la madrugada.

En el penúltimo lunes de quimioterapia inyectada mis plaquetas volvieron a salir sumamente bajas, “siga sin ejercicio por lo que queda del tratamiento” me dijo el doctor. Dos semanas completas en que tendría que seguir sin entrenar lo que me gusta, sin esa motivación adicional que muchas ocasiones se volvía el punto clave de mi día.

De pronto, mientras resistía el dolor y las ganas de vomitar, mientras buscaba y le ordenaba a mi cuerpo, más por orgullo que por convicción, que no devolviera lo poco que había logrado desayunar, comer o cenar, llegó el fin de semana. Dos días más de descanso en los que podría intentar recuperarme y sí, mentalizarme a que estaba por entrar a la última semana de tratamiento.

Ese fin de semana previo a la última semana de tratamiento las palabras de aliento de mi esposa y mi mamá fueron interminables, muchas más que las semanas previas; las visitas, las llamadas, los mensajes, las buenas vibras y las oraciones se volcaron desde todos los rincones de mi familia y amigos, “tú puedes”. “es la última”, “ya llegaste hasta aquí”, “estás a punto de terminar”, “no puedes dejarte caer ahorita”. Dentro de todas esas frases de apoyo una resonaba siempre en mi mente, durante todo este proceso mi esposa que sufría muchas veces en silencio para mantenerse fuerte, me dijo y me repitió siempre, “el único camino es a través”. Sé que es una mala traducción ya que mi esposa es norteamericana y hablamos en inglés, pero el efecto y el sentido es el mismo: “the only way out is through”.

Y sí, el único camino para curarnos y para salir adelante es a través de los tratamientos, es sobreviviendo la quimioterapia y la radioterapia, es mantenernos fuertes y no dejar de luchar.

Una tía vino desde Oaxaca solo para estar presente en mi última sesión de quimioterapia. Al verme después de 5 semanas de tratamiento, su rostro no pudo ocultar el dolor que sentía al ver a su sobrino tan flaco, ojeroso, cansado, desgastado, pasando por algo que como muchos otros, cuestiona y grita, “no debería de estar pasando”. Trató de darme ánimos todo el domingo, buscando probablemente mentalizarse más ella que yo para resistir ese último lunes de quimioterapia.

Increíblemente llegó el momento, a la 1 de la tarde hice mi aparición en el hospital para recibir lo que, con mucha fe en Dios, espero sea la última sesión de quimioterapia recibiré en mi vida. En el camino al hospital no podía creer que este día hubiera llegado, que por fin estaba caminando ese recorrido, a esa hora, por última vez en esta primera etapa para superar al cáncer.

Mi primo ya estaba ahí cuando yo entré a la Sala 19 de “Oncología”, esa área que otras veces pisé acompañando a mi mamá en sus tratamientos, en sus visitas de seguimiento con el oncólogo (nuestro doctor de cabecera como recuerdan) y en la que pedí con todas mis fuerzas nunca tener que estar como paciente. Cuando llegué mi primo ya había hecho todos los trámites para mi ingreso a ese último lunes de quimioterapia. Me colocaron el brazalete blanco con mi nombre y número de paciente; amablemente la recepcionista me indicó que tomara asiento, que me hablarían en breve para ingresar.

Tomé la silla al lado de mi primo. Me preguntó cómo estaba, “bien, aguantando todavía” le contesté en tono de broma, o tal vez no tanto. Nos quedamos en silencio los dos, no sé realmente que pasaba por su mente, pero seguramente era algo muy parecido a lo que pasaba por la mía. Será que resisto esta última sesión, cómo reaccionará mi cuerpo después de tanto tóxico y cansancio acumulado, será… minutos después un comentario rompió ese silencio, que más que incómodo era de apoyo y de cariño. Mi primo no necesitaba decir nada para que yo supiera que estaba ahí “por y para mí”. “Ya llegaron mi tía y Rose”, dijo, “demasiado temprano” se quejó, ya que sabíamos no dejarían entrar a los tres a estar conmigo en la sesión y, obviamente, ninguno de ellos quería quedarse afuera en esas últimas tres horas de tratamiento.

Al llegar, mi esposa me dio un cálido beso y me dijo “aquí estoy para lo que necesites amor, todo va a estar bien”. Mi tía, con su eterno cariño hacia mí solo me dijo, “ya estoy aquí mijito”. Nos sentamos los 4 juntos, viéndonos los unos a los otros y el silencio volvió a invadir el cuarto. Estábamos todos concentrados en nuestros propios pensamientos cuando la enfermera anunció mi nombre y me invitó a pasar a la sala. Yo brinqué de mi silla, suspiré profundo para tomar las pocas fuerzas que para esa sexta semana me quedaban. Las caras de los tres se quedaron frías, tratando de disimular el miedo y nervio que en ese preciso momento invadió sus corazones, deseando con todas sus fuerzas y amor que todo saliera bien, pero siempre con el eterno miedo y desconfianza de no saber qué pasaría.

Después de pesarme, tomarme mis signos vitales y preparar todo el equipo, comenzó mi tratamiento ese último lunes. Un lunes que para mí marcó el fin de un tratamiento que deseo la gente que amo no tenga que pasar nunca. Pero que a la vez era el inicio de algo nuevo, algo distinto. No puedo hablar de un renacimiento porque eso sería poético y absurdo; nadie puede volver a nacer. Pero sí fue un lunes en el que muchas cosas del viejo yo cambiaron, murieron en esa sala de quimioterapia para dar paso a una nueva versión de mi ser que espero y confío será mejor en muchos aspectos.

15 minutos después de mi ingreso dejaron pasar a mi tía y mi primo. Cómo llegaron al arreglo que mi esposa cedería su lugar al principio para que mi primo pudiera estar conmigo no sé, supongo que mi enfermedad también alcanzó el corazón de toda mi familia para platicar las cosas y organizarse sin pelear ni . (Yo insistí en esperarme fuera porque paso mucho más tiempo con Mario que los otros dos. Luego, insistió su primo que yo pasara y él esperó afuera. –Rose) Mi tía nuevamente no podía contener su rostro de preocupación y frustración al verme conectado a los cables y bombas que inyectan poco a poco los químicos en mi cuerpo.

Ese día transcurrió sin mayor imprevisto, fuera de los efectos secundarios de todos los demás lunes y el cansancio que es aún más fuerte ya que esos días se combinaba la quimioterapia inyectada, la radiación y la quimioterapia tomada. Lo realmente sorprendente vino cuando transcurrió la semana y mi cuerpo reaccionó como ninguno de los doctores, ni mi familia siquiera, pensó. Hubo muchas náuseas, pero incluso menos que en la quinta semana; dolor de estómago, pero de menor intensidad que las semanas anteriores; mareos y dolores de cabeza, pero no fuera de lo común. Mi cuerpo estaba probablemente tan emocionado como yo de estar pasando por la semana final del tratamiento.

A pesar de esa buena reacción, hubo un punto de conflicto en la semana que estuvo muy cerca de derrumbarme, de terminar con las pocas fuerzas que me quedaban para ir diario a las últimas sesiones de radiación. El miércoles, al terminar mi sesión de radioterapia, los doctores me indicaron que había habido un error, “computamos mal las sesiones” dijeron. Sentí claramente como mis fuerzas me abandonaban, como mis ánimos y ganas de seguir luchando se perdieron en ese momento, sentí rabia, enojo, odio, ganas de gritar, insultar y hasta golpear a los doctores. Es muy fácil para ellos simplemente decir que se equivocaron y que tengo que ir a más sesiones de las que en mi mente confiaba serían. “Estamos en la sesión 24 no en la 25” dijeron. Sé para que muchos de los lectores, principalmente para aquellos que afortunadamente no están pasando por un procedimiento similar, se sintieron aliviados al leer que solo era una sesión, que el error no fue “tan grave” y solo me costaría un día más.

Sin embargo, todos aquellos que sufren día a día los tratamientos, entenderán, o mejor dicho sentirán, la misma frustración que yo. Un día más de tratamiento hace demasiada diferencia, es una sesión más de quimioterapia tomada sumada a la sesión de radiación. Es un día más de atacar al cuerpo y lastimarlo. Es un día menos de recuperación, es un día menos de poder decir “sobreviví el tratamiento”. Es un día más que psicológicamente nos puede destruir. Después de darme la información me preguntaron si quería la sesión en sábado para terminar de una vez o en lunes para dejarme descansar los dos días que normalmente tengo. Obviamente escogí el sábado. Lo que quería era terminar y no volver a ver ese maldito pasillo azul.

Llegó el sábado, a las 12:30 del día crucé por última vez, nuevamente mi fe en Dios así me lo hace sentir, ese maldito pasillo azul. Por última vez me acostaron en esa plancha fría dentro del cuarto aislado. Por última vez me movieron, jalaron y acomodaron como ellos quisieron para cuadrar mi cuerpo con el rayo de radiación. Por última vez salí de esa área y por última vez saludé a don José, quien con mayor gusto y ánimos de los que pone en sus saludos diarios me despidió, deseándome con todo el corazón nunca más volverme a ver en ese pasillo azul.

Al salir, mi esposa me esperaba en la sala de sillones negros, en ese mismo lugar donde vivió y sobrevivió conmigo 28 días de tratamiento. Saltó de su silla y caminó hacia mí. “Es la última amor, lo lograste”. No pude contestar, la abracé, me aferré a ella como si no fuera nunca a dejarla ir, coloqué mi cabeza en su hombro y lloré. Lloré de gusto, lloré de felicidad, lloré de fe, lloré de agradecimiento a Dios y a mi abuelita que desde el cielo caminó conmigo cada día desde la oficina al hospital, lloré de agradecimiento a mi esposa y a mi familia, lloré por haber sobrevivido. Lloré simplemente porque aun puedo seguir llorando.

Las sesiones de tratamiento concluyeron esta semana. Por fin, puedo descansar realmente de esos químicos y rayos que mi cuerpo recibió durante 28 días. Esta es apenas la mitad del camino, faltan estudios para asegurarnos que el tumor se redujo sustancialmente o incluso desapareció, que sería el mejor escenario. Falta que con base en ese estudio programen la cirugía. Falta que me digan que tan agresiva será. Aun me falta sobrevivir la operación y la recuperación.

Pero también me falta todavía seguir viviendo, me falta seguir disfrutando los momentos que la vida me permite tener. Todavía me falta seguir amando a mi esposa. Todavía me falta seguir amando a mi mamá y a mi familia. Todavía me falta seguir viajando. Todavía me falta seguir aprendiendo. Todavía me falta ser mejor persona. Así que aquí seguiré, luchando y sobreviviendo.

La primera parte de este largo y doloroso proceso terminó. Pero mi acercamiento hacia ustedes no. Este blog seguirá. Los actualizaré en los procesos que vienen. Los seguiré apoyando con mis palabras, si es que de algo les sirven. Este blog seguirá existiendo para darnos esa perspectiva humana de lo que vivimos mientras sobrevivimos al cáncer.

Recuerden que cada uno de ustedes puede ser una historia de supervivencia, todos podemos decir que al final solo quedó uno y fuimos nosotros. Si en algo les sirve cuentan con mi apoyo y mis oraciones, todo suma. Sigamos SOBREVIVIENDO esta enfermedad para poder seguir VIVIENDO después.

Marzo 13, 2017

Mario

La Cuarta

4 semanas completas de tratamiento, lunes a viernes; 24 horas de náuseas: solo 3 a 4 horas sueño; levantarme de 5 a 6 veces por las noches. 4 semanas de desgaste, de preocupación, de inquietud.

El tratamiento sigue siendo más pesado conforme pasan los días. El cansancio se acumula; el cuerpo no logra recuperarse del todo con los pocos días de descanso. Cada vez hay más muerte por dentro; más células que se pierden, glóbulos blancos que disminuyen, kilos que se pierden, órganos adicionales que se afectan.

Uno de los golpes más duros de esta cuarta semana fue tener que perder mi entrenamiento. Me quedé sin B-63 hasta que se termine el tratamiento. Mientras me inyectaban los químicos, el lunes 20 de febrero, el doctor nos informaba que mis plaquetas (encargadas de la producción de glóbulos blancos y de regular la coagulación de la sangre) estaban en números preocupantes. Del nivel de plaquetas que un cuerpo sano debe tener, yo tenía menos de la tercera parte.

Me informaron de los riesgos fuertes de hemorragias, heridas abiertas y lesiones que el cuerpo no podría detener o curar ya que su producción de las células que ayudan a la coagulación estaba sumamente disminuida. La consecuencia: cualquier esfuerzo mayor podría detonar una hemorragia, externa o aún más grave, interna, que podría ocasionarme muchas complicaciones y, por este motivo, me ordenaron dejar de acudir a mis entrenamientos diarios.

Como recuerdan, B-63 se volvió una motivación para mí. Un aspecto de mi vida que me ayudaba a mantenerme frío, objetivo, con la mente fija en el resultado; una forma de demostrarme que mi cuerpo y mi mente pueden alcanzar metas que parecían imposibles. En ese momento me di cuenta, nuevamente, que estoy enfermo; que aunque quiera, intente y me aferre con todas mis fuerzas, NO puedo vivir mi vida “normal” como si nada estuviera pasando. Mi cuerpo me demandaba descanso y yo no quería escucharlo. Estaba tan enfocado en tratar de vivir una vida “normal”, que perdí de vista las señas que mi cuerpo daba pidiendo una pausa en los esfuerzos excesivos a los que lo sometía.

Fue ahí cuando caí en la cuenta que el concepto “normal” es mucho más fuerte de lo que quería reconocer. La carga que conlleva la palabra va más allá de su simple significado lingüístico. Escuchamos la palabra y de inmediato pensamos en ese contexto que tenemos precargado de qué debe ser o es “normal”. Ser sano es normal? Hacer ejercicio es normal? Ser alto, bajo, blanco, moreno, católico, casado, gay, es eso normal?

Estoy sometido a uno de los tratamientos más agresivos que ha creado el hombre para tratar una enfermedad, y no me refiero solo al tipo de quimioterapia que me dan, o si además está combinado con radioterapia. Lo que intento transmitir es que el tratamiento del cáncer es en sí mismo el más agresivo que existe. Se trata de inyectar a una persona una serie de químicos enfocados a matar las células cancerígenas, pero lo que muchas veces ignoramos es que las células enfermas comparten prácticamente la misma estructura genética que nuestras demás células. Entonces, la idea del tratamiento es matar todas aquellas células que se comportan como las cancerígenas, lo que implica que poco a poco, día a día, también nos matan a nosotros por dentro, con la esperanza de que las células de cáncer mueran antes que el resto del cuerpo. A eso se resume el tratamiento: a jugar con la combinación de químicos que sean más agresivos con las células cancerígenas que con nuestras demás células, esperando que las primeras mueran antes que las segundas, y así podamos sobrevivir el tratamiento.

Cuando me di cuenta de eso, necesariamente tuve que aceptar que para mí, en este momento, sentirme cansado, triste, desganado, no poder hacer ejercicio, sufrir de plaquetas bajas, eso es lo “normal”. Tratar de vivir mi vida como si nada estuviera pasando; tal vez era simplemente un mecanismo de defensa para tratar de ignorar una realidad que nunca quise que me llegara. Tengo cáncer y sufrir los efectos del tratamiento es NORMAL.

Después de este duro golpe y ejercicio de aceptación, llegó, como siempre pasa, la calma. Entendí que es NORMAL que no pueda hacer ejercicio; normal que tenga náuseas todos los días a todas horas; normal que mi esposa, mi mamá, mi familia y mis amigos se preocupen todos los días por cómo estoy; normal que la gente que sabe por lo que estamos pasando esté pendiente y busque aportar, aunque sea un granito de arena, a nuestra recuperación, bajo cualquier medio o de la forma que cada persona tiene para mostrar su apoyo.

Entendí porque ya no disfruto de esos 20 minutos que camino todos los días de mi oficina al hospital para recibir mis tratamientos. Entendí porqué, a pesar de tener la fortuna de trabajar en mi zona favorita de la ciudad, llena de restaurantes, centros comerciales, parques, gente, mascotas, alegría, música, bares y ambiente, ya no me causaba la misma reacción de felicidad al pasar todos los días. Entendí que el hecho de que la gente pase junto a ti en sus vehículos, bicicletas o caminando, ignorando por completo lo que estás viviendo y probablemente sin importarles siquiera, es NORMAL.

Pero esa normalidad también me abrió los ojos a otra realidad que había dejado de lado, a pesar de que siempre pensé que por mi personalidad nunca lo perdería. Hablo de la empatía; esa característica humana que nos permite identificarnos con el sufrimiento, las preocupaciones, motivaciones y emociones de los otros. En esos 20 minutos que camino diario – por convicción, no por necesidad -, he aprendido a apreciar los pequeños detalles que muestran empatía entre nosotros. Por qué una persona muestra agradecimiento a un conductor o un ciclista que se detiene para concederles el paso mientras cruzaba una calle; o aquélla persona que se detiene simplemente a decir “buenas tardes”; esa persona que se toma 5 minutos más de su ocupado día para ayudar a otra a cruzar la calle o a recoger algo que se cayó. En ese momento, te das cuenta que esa característica, que cada vez es más escasa, es algo que nos puede llevar a apreciar el mundo mejor y a hacerlo mejor.

He visto que no es necesario que cada persona que sabe lo que estoy pasando, o que lea estas líneas, o que se interese en mi caso, muestre empatía. Esos 20 minutos diarios me han ayudado a apreciar con todo el cariño, la empatía que tantas personas me han mostrado hasta ahora, día a día.

La cuarta semana definitivamente ha sido la peor hasta ahora, los miércoles y jueves siguen siendo los más pesados, ya que es cuando el tratamiento está en su mayor punto de efectividad. Pero a su vez, son los días en que el apoyo más presente está.

Entro a las dos últimas semanas del proceso inicial para combatir al cáncer con la esperanza recargada, con la ilusión renovada de pensar que el final puede estar cerca. Las fuerzas y la motivación no se renuevan del todo, pero aquí seguimos, en esta lucha diaria para llegar a nuestra meta final, que solo quede uno, NOSOTROS.

Mario

Marzo 1, 2017

Medio Tiempo

He pasado 16 días recorriendo el pasillo azul en el sótano del hospital donde se encuentra el equipo de radiación. 16 momentos distintos cada día en donde me reciben las enfermeras, los doctores, el vigilante.

Me toman los signos vitales diario, para mantener un seguimiento de cómo reacciona mi cuerpo. Me recuestan sobre una plancha fría de metal y plástico dentro del cuarto sellado para evitar fugas de la radiación. Me cubren con mantas y cobijas para que no me dé tanto frío. Me mueven de todas las formas posibles para cuadrar los tatuajes que tuvieron que hacer para marcar el punto exacto donde deben entrar los rayos. “Vamos a comenzar, no se mueva por favor”, son las últimas palabras que pronuncian los doctores cada día antes de iniciar las sesiones de radioterapia.

Esos 30 minutos en donde permanezco solo, recibiendo rayos en mi cuerpo, parecen eternos. Mi mente vuela, me traiciona, mis sentimientos se potencializan, a veces lágrimas, a veces sonrisas, a veces lamentos.

En más de una ocasión he pensado en voltearme y correr mientras recorro ese pasillo azul, en escapar y no volver. Muchas veces basta con repetir ciertas actividades en nuestra vida por solo 2 o 3 veces para que se vuelvan rutina. No esta vez. No cuando sabes que cada vez que terminas ese pasillo y entras al cuarto de radiación, un poquito de ti se desgasta, muere poco a poco. Y no hablo solo del cáncer, ojalá fuera solo ese maldito tumor que hubiéramos querido nunca llegara a nuestras vidas. No, hablo del resto de las células, hablo de las capas que recubren parte de nuestro cuerpo y que nos protegen, hablo de la piel, hablo de todos los efectos secundarios que los tratamientos nos provocan. Cuando recuerdas lo que estás viviendo es imposible que ese pasillo azul se vuelva rutina, es más, pedimos a Dios que nunca lo sea.

Don José, el vigilante a cargo de la sala de radiación me saluda con una sonrisa incomparable. “buenas tardes, cómo está” pregunta todos los días, manteniendo una actitud positiva hacía la vida, hacía la gente que ve desgastada, débil, sufriendo; sin embargo, él sonríe. Don José nos ayuda a mantener el espíritu y la esperanza viva. Siempre se levanta de su silla, toma su bastón y se acerca a cada paciente para extender un saludo cariñoso, un apretón de manos que te recuerda que SÍ SE PUEDE. A pesar de todos los años que él lleva cuidando ese pasillo, todos los pacientes que debe haber visto, y los que ya no volvió a ver jamás porque ya no están con nosotros, a pesar de esas experiencias que aunque no sean propias, él las hace parte de su vida, Don José sigue sonriendo y saludando, tratando de aportar un granito de arena con ánimos a cada uno de nosotros que caminamos ese maldito pasillo azul.

Esta tercera semana fue difícil. La quimioterapia me atacó mucho más que las semanas anteriores. Siguen siendo efectos “normales” de acuerdo con los doctores. Mi cuerpo y mi mente estuvieron a punto de caerse; quise renunciar, quise darme por vencido cuando todos los olores, todos los sabores, todas las imágenes me provocan querer devolver el estómago cada 10 minutos. Después recordaba la rutina de los 30 minutos y me levantaba.

Me volvía a aferrar a la vida, a mi pasión por el trabajo, a mi amor por mi esposa y mi familia, a todos los placeres y momentos de felicidad que la vida nos regala y me levantaba. “NO VOY A IR A NINGÚN LADO” le digo a mi esposa; aquí estaré por muchos años más dando lata y disfrutando de esos pequeños momentos que el cáncer me enseñó a disfrutar otra vez.

“Te puedes caer, llorar, quejar, maldecir conmigo amor, pero no dejes el tratamiento” son las palabras constantes que mi esposa repite cada vez que ve en mí una expresión si quiera cercana al cansancio. Mi mamá sabe que soy fuerte, se enorgullece por mi entereza para resistir los tratamientos, pero a la vez su expresión denota preocupación, dolor, desesperación. Cada uno está librando una batalla constante contra sus sentimientos y pensamientos; cada uno trata de mantenerse fuerte a su manera y en su papel. Cada parte de la fuerza que los seres queridos demuestra mientras siguen caminando con nosotros este desgastante camino, es una recarga para nosotros que nos permite seguir adelante.

En el trabajo las cosas siguen su curso, la gente que sabe lo que está pasando hace su mejor esfuerzo en tratarme como si el cáncer no existiera (aunque no pueden quitarse de la mente el hecho de que ahí está y tenemos que esperar). En B-63 siguen los ánimos y las porras de quienes saben, de los que no, el trato de siempre y la amistad que esa comunidad me ha permitido crear.

Esta semana fue la que hasta el momento más he anhelado que llegara el fin de semana, que son mis días de descanso de la quimioterapia tomada y radioterapia. Necesitaba una pausa para retomar fuerzas y seguir adelante. Me doy cuenta que no tenemos que ser fuertes todo el tiempo, no tenemos que tener la frente en alto todos los días, pero sí debemos seguir adelante convencidos que somos más fuertes que el cáncer, convencidos que al final del viaje, solo quedará UNO y esos seremos NOSOTROS.

Aférrate a la vida, encuentra ese motor, ese motivo que te haga sentirte vivo y feliz. Esa fuerza es la que nos llevará a la meta.

Mario

Febrero 20, 2017

Segundo Round

Superar la segunda semana de tratamiento fue más pesado de lo que esperaba. Náuseas todos los días, mareos, cansancio acumulado. La segunda ronda de quimioterapia inyectada fue bastante más agresiva que la primera; “otros 90 minutos” dijo el doctor el segundo lunes.

Las radioterapias y la quimioterapia tomada siguen siendo diario entre semana. Esta semana, hasta en sábado para reponer la sesión de un lunes que el equipo de radiación no funcionaba.

La intensidad de las reacciones era de esperarse, me lo anticiparon los doctores. Los malestares, consecuencia natural de los químicos con los que nos inyectan durante las quimioterapias. La frustración, malestar, molestia y coraje por sentirme mal diario, probablemente normal, pero no deja de ser intolerable por momentos.

Mucha gente me ha dicho: “has reaccionado muy bien”, “no has vomitado, eso ya es ganancia”, “vas muy bien”. No siempre se siente así. No siempre es fácil mantener la frente en alto y sonreír, contestar que todo está bien y que estamos resistiendo como los grandes.

En esos momentos de tristeza, frustración, vencimiento… me doy cuenta de algo muy importante: mi mente, mi cuerpo, mis defensas; son mucho más fuertes de lo que yo pensaba. Mi cuerpo sigue luchando, sigue aguantando, resiste mucho más de lo que a veces queremos o nos permitimos reconocer.

Me aferro al ejercicio, a mi trabajo, sigo la vida como si lo que estoy viviendo es solo un proceso más; una gripa más de la que me tengo que recuperar. Fijo mi mente en brincar de la cama tan pronto suena el despertador a las 6:30 de la mañana, me visto para el ejercicio, tomo mi maleta y me subo al coche para manejar los 8 minutos al gimnasio. Hago mi sesión de ejercicio: 50 minutos de intensidad a tope, mi corazón alcanza las 160 pulsaciones por minuto, mi nivel de energía ronda el 95%. Terminado el ejercicio me baño, me arreglo para la oficina. 8:30 estoy en el coche. Paso por la esquina de mi casa donde mi esposa me espera con el licuado de frutos rojos (actualmente es lo único que tolero como desayuno). Solo entonces recuerdo, tengo cáncer, tal vez no debería estar haciendo el ejercicio tan intenso que hago, tal vez debería permitirme dormir más cada mañana.

Immunocal

“Immunocal es un suplemento patentado muy similar a la leche materna. Contiene más de 90 % de proteína pura y cuenta con un valor biológico más alto que cualquier otro suplemento proteínico o alimento disponible en el mercado. El término “valor biológico” (VB) es una escala de importantes proteínas comestibles contenidas en su cuerpo. El consumo diario de Immunocal le ayudará a aumentar el nivel de concentración de glutatión (abreviado como GSH), una molécula a la que se hace referencia como El protector más importante de su cuerpo.”[1]. La gran mayoría de las personas con las que he platicado sobre el tema no tienen idea sobre que es el Immunocal, ni siquiera que existía, y hasta hace unas semanas yo era una de esas personas. Tan pronto tuve el diagnóstico, mi mamá me “informó” que empezaría tomar dos sobres por la mañana, pregunté por qué y para qué, su respuesta fue simple, “la quimioterapia va a acabar con tus defensas, tus glóbulos blancos se irán al piso y necesitas tenerlos activos para resistir mejor el tratamiento”. No sé si efectivamente funciona, no estoy seguro si hace una diferencia ni si me ayuda, pero seguramente no me va a dañar. Es en circunstancias como ésta cuando estamos dispuestos a tomar y probar todo lo que hay a nuestro alcance si puede siquiera ayudarnos a salir adelante. No puedo sugerirles que lo tomen, pero por mi experiencia, si en algo puede ayudar háganlo, inténtelo, no perdemos nada.

B – 63

El programa B- 63® es un ejercicio integral de alta intensidad. Se basa en un sistema de sesiones diarias de lunes a viernes con un duración de 50 a 55 minutos en donde tu cuerpo alcanza sus límites máximos con la finalidad de lograr resultados de forma más rápida y de mejor manera. Si han escuchado de Crossfit o 54-D, es algo parecido. Para mi es una gran motivación, y ha sido un refugio en el que puedo trabajar mi mente y mi cuerpo con el fin de alcanzar límites que no creí posibles. En general el ejercicio siempre ha estado en mi vida, pero no de una forma constante ni con la pasión que le veo a otras personas. Cuando descubrí B-63, simplemente no pude parar. El compromiso es conmigo mismo. “Nunca volverás a ser el mismo” es el lema del programa; no podría ser más cierto.

 

Supongo que lo que quiero decir es que encuentren esa pasión, ese ejercicio, ese camino, ese alberca, ese “algo” que los motive a mantenerse activos y que les permita desconectarse un poco de lo que estamos viviendo. La mente es el miembro del equipo más importante y valioso en nuestra batalla. Son nuestros pensamientos, los retos que la mente nos pone, los que nos permiten seguir moviéndonos y caminando hacia nuestra meta.

En general los días se tornan más pesados, difíciles y desgastantes, pero mi cuerpo resiste los tratamientos, mi mente se mantiene fuerte, el amor de mi esposa y mi familia sigue firme, las muestras de cariño siempre presentes. La batalla es individual, – nosotros tenemos que superarla – pero la guerra es compartida con los que caminan junto a nosotros día a día, paso a paso. Un día a la vez, una batalla diaria, un reto superado que suma hacía esa meta que tanto anhelamos: curarnos. Vamos a llegar, solo hay que tener paciencia, fuerza, fe y esperanza.

Todo esto me lleva a concluir que tal vez aun con cáncer podemos pelear, podemos dar la cara, y lo más importante, podemos GANAR.  En una competencia que tuve durante el sábado pasado, di mi máximo, me superé a mí mismo, luché contra el cansancio que las quimioterapias y las radioterapias me han generado – y gané el segundo lugar en la categoría intermedia de entre 25 competidores en mi rama. ¡SÍ SE PUEDE! Ese eterno lema que coreamos cada vez que la selección mexicana juega un partido de futbol, es realmente un lema de vida del ser humano, donde podemos superar las barreras y los límites que llegamos a creer insuperables.

Después de dos semanas y 4 kilos menos, la meta sigue siendo la misma, y cada día estamos más cerca de alcanzarla. No importa que tan cansado te sientas. Si el agotamiento es tal que no quieres salir de tu cama, si la tristeza te vence, recuerda la rutina de los 30 minutos. Después sigue avanzando porque la vida no se detiene y tenemos que seguir viviéndola.

Porque sí, aun con cáncer puedes competir y ganar, puedes disfrutar de una rica cena con tu pareja, puedes conquistar metas y fijar nuevos objetivos. Porque ¡SÍ SE PUEDE!

Llora, grita, pero también sonríe. Estamos vivos y queremos seguir estándolo. La risa es la mejor medicina.

Mario

Febrero 13, 2017

 

[1] http://www.cisteinabioactiva.com

Hola, soy Mario y sí… Tengo CÁNCER

“Lamentablemente es un tumor, enfrentamos un cáncer en su etapa 2… 4.5 mm de tamaño”. Éstas fueron las palabras que el oncólogo (desafortunadamente, el doctor de cabecera de la familia) pronunció a inicios de este 2017, después de la serie de estudios, análisis de sangre y las revisiones más invasivas, molestas y atacantes de la dignidad que una persona podría vivir durante dos semanas y media. La sensación fue de terror, dolor, impotencia, frustración, ENOJO, CORAJE, tal vez hasta ODIO.

Después de dar ese trago amargo a la realidad de una de las enfermedades más desgastantes de los tiempos recientes, tomé varios días para procesar la noticia y entender qué estaba pasando, qué significaba para mi familia, mi esposa, mis amigos, y sobre todo para MÍ. Qué debo hacer, qué puedo hacer, cómo lo debo manejar, eran las preguntas que venían a mi mente todos los días. La respuesta en muchas ocasiones era NO TENGO LA MÁS MÍNIMA IDEA.

He encontrado una diversidad de información que existe en el mundo sobre el Cáncer: artículos de revistas, publicaciones médicas, consejos de familia, lo que el primo de un amigo dice. Pero, en mi búsqueda de respuestas no he encontrado una perspectiva humana, personal, real, sobre lo que las personas que caminamos este difícil trayecto a la recuperación vivimos en el día a día, ni sobre lo que sienten y viven nuestros familiares y las personas que nos acompañan tomados de la mano, aunque sus pies no tocan el mismo camino.

Se llama Cáncer

El primer acercamiento al tema es el temor o la resistencia a llamar al diagnóstico por su nombre. Tengo cáncer, no es un tumor, no es “una enfermedad” o un “padecimiento”, no se trata de una “prueba” o de un “síntoma”, se llama cáncer y así como no tenemos miedo de decir “tengo gripa”, “tengo fiebre”, “me duele la cabeza”, creo que el primer paso para vivir la realidad del cáncer en sí y todo el proceso de tratamiento que viene después del diagnóstico es llamarle por su nombre: “tengo cáncer.” Para mí, perder el miedo de reconocer nuestra enfermedad por su nombre es el primer paso para tomar control sobre ella.

Tiempo

Una vez que recibes el diagnóstico, viene la etapa más difícil (desde mi punto de vista); procesar la noticia y aceptar su realidad. Cada quien tendrá su forma única para lidiar con el problema y cada una es válida; lo que puedo decir es, no te quedes con la noticia, no te tragues tus sentimientos y te hagas el fuerte, en este momento es nuestro derecho tener sentimientos encontrados, sentirnos lastimados, enojarnos, llorar como nunca lo hemos hecho. Es nuestro momento para ser el niño que hace berrinche y se queja – y créanme que lo he hecho. Pero como todo, tocar fondo está limitado a un espacio específico de minutos y horas. Mi mamá (quien ha vencido ya dos veces al cáncer, etapas 3 y 1) me enseñó una fórmula que al día de hoy me sigue ayudando: “deprímete, llora, enójate, sufre, durante media hora déjate tocar fondo, pero después de esos 30 minutos de dolor extremo levántate que hay mucho que hacer y la vida sigue. Hazlo con tu reloj para que no te regales más de esos 30 minutos.” Es cierto, el mundo sigue su curso sin importar lo que nos pase a cada individuo. Después de los 30 minutos, levántense que la vida sigue y la NUESTRA también.

 

El cáncer trae lo peor… pero también lo mejor

Después del golpe devastador que es el diagnóstico, llega la otra realidad. El cáncer no solo afecta a quien lo padece, lastima y desgasta a todas las personas que nos quieren. El primer día no lloré; pregunté y cuestioné al doctor sobre qué seguía. Mi mamá no pudo contenerse, ella lloró por mí. Cuando lo platiqué con mi tío Marco, el único doctor de la familia, no pudo mantenerse fuerte. Mis tías lloraron, mis primos lloraron. Mi esposa cuestionó, se aferró a lo bueno, me dio ánimos, me dijo que todo estaría bien. Mis amigos me dieron muestras de cariño y apoyo. Cada persona tiene fantasmas propios que superar, que afloran en el momento en que alguien cercano, alguien a quien aman, le diagnostican cáncer.

Pero cuando la calma llega, y SIEMPRE llega, la única constante que queda es el AMOR. Mi esposa aceptó con amor los cambios de planes; mi mamá por amor ha comprado todos los polvos y pastillas que médicos alternativos le recomendaron para ayudar al cuerpo a resistir el tratamiento; mi prima sacrificó atenciones a pacientes para acompañarme en las sesiones de radioterapia; mi primo inventó cursos para poderse escapar de la oficina y acompañarme en las quimioterapias. Al final, el cáncer trajo lo mejor de mi familia y mis amigos; lo que el cáncer me va a dejar (además de las cicatrices) es amor, perdón, haber hecho paces, es el reencuentro. Al final, el cáncer nos ha unido.

Consejos valiosos

Después de las citas, visitas al hospital y presupuestos, llega el momento de revelar el tratamiento. Mi tumor es suficientemente grande y avanzado como para requerir quimioterapia y radioterapia. La radioterapia es diaria, durante 28 sesiones. La quimioterapia es doble, una dosis tomada diaria y una dosis inyectada cada semana. Una avalancha de información. Dentro de esta información un consejo resonaba entre todos los doctores que me atienden: “déjese consentir”. No es fácil aceptar el consejo cuando (como es mi caso) estás acostumbrado a ser el que consiente, el responsable, el que provee. Pero a una semana de haber iniciado el tratamiento y a un mes de haber recibido el balde de agua fría del diagnóstico, es de los mejores consejos que he seguido. Mi esposa, mi mamá, la familia y los amigos están aquí para apoyar. Buscarán hacernos sentir bien y darnos fuerza en cada día, en cada sesión de tratamiento. Aprovéchenlo; no tiene nada de malo dejarse consentir de vez en cuando, mucho menos cuando los tratamientos lo justifiquen.

Es MÍ enfermedad

Soy yo el que padece el cáncer, soy yo el que tendrá el tratamiento, soy yo el que tendrá nauseas durante 6 semanas de forma constante, soy yo el que perderá peso, soy yo el que perderá el cabello. Somos nosotros los que enfrentamos al cáncer día a día los que sabremos lo que los tratamientos implicarán, lo que duelen, lo que molestan; somos los que perderemos el apetito, los que nos impresionaremos con las diversas intervenciones para “prepararnos” para el tratamiento. Somos nosotros los que viviremos el cáncer y su tratamiento, los que viviremos la reacción individual de nuestro cuerpo. El cáncer afecta a todos los seres queridos que nos rodean, pero al final, quien lo va a experimentar es cada uno de nosotros en lo individual. Entonces no permitan que nadie les quite este proceso, porque para mí ha hecho más duro el viaje tener que cargar con dos maletas en el camino, la mía y la de esa persona que siente que está sufriendo más que yo por mi enfermedad.

Fuerza

Antes de enfrentar el tratamiento nunca había comido sin hambre, no había sentido náuseas por semanas completas, nunca había perdido el apetito. De mis lecturas en estos días he descubierto que los síntomas más comunes de la quimioterapia y radioterapia son precisamente la pérdida de apetito, las náuseas y la falta de ganas para alimentarnos. Sin embargo, esa es nuestra principal batalla para poder enfrentar los tratamientos; nuestro estómago y nuestra mente serán las principales fuentes de fuerza para sobrellevar los tratamientos. Come con hambre, come sin hambre, come con náuseas, solo COME. Nunca antes había entendido el maravilloso significado de las palabras de mi abuelita, en paz descanse, al tiernamente acercarse a mí y decir “tienes que comer hijo”. Para ella todo se solucionaba con una buena comida, y como no si somos Oaxaqueños y tenemos la fortuna de contar con una de las cocinas más ricas y diversas del mundo.

A una semana de haber iniciado el tratamiento, sigo teniendo sentimientos encontrados. A veces lloro, pero después sonrío porque me acuerdo que el cáncer también tiene una fecha de caducidad y que más pronto de lo que nos podemos imaginar, SE IRÁ. Me aferro a la cura, a los tratamientos, a mi amor por la vida, a lo mucho que disfruto estar en este mundo, al amor a mi esposa, a mi madre, a mi familia, al amor a Dios. Muchas veces olvidamos en la rutina del día a día que los pequeños detalles que la vida nos permite y que casi siempre tenemos frente a nosotros, son los que hacen la felicidad. Damos por sentado aquellos pequeños detalles que nos llenan y nos hacen ser mejores personas. El arte de maravillarnos por cosas pequeñas, sencillas, como hacen los niños. Ir descubriendo lo hermoso que es vivir es algo que he podido retomar desde que el cáncer llegó a mi vida. En ese sentido, puedo decir que el cáncer cambió mi vida, y no solo para mal sino también para bien, y lo mejor es que cuando se vaya, porque créanme el cáncer se IRÁ, mis ojos seguirán abiertos al mundo.

Espero estas líneas sirvan para dar alguna perspectiva a lo que las personas con cáncer vivimos. Si ustedes quieren compartir sus propias historias, anécdotas, fotografías, dibujos, consejos acerca de su experiencia personal, les invito a hacerlo en el espacio para comentarios, o mandándolo por correo a mvalcon2016@gmail.com, indicando si el mensaje es para este nuevo autor o si quieren que lo comparta en esta página.

 

Mario

Febrero 2017

Ciudad de México